sábado, 4 de agosto de 2018

Miedo sobre miedo

Siempre había pensado que lo de ir con miedo por la calle cuando fuera sola de noche se me pasaría una vez alcanzada la treintena. Porque según mi instinto de supervivencia, yo dejaría de estar en mis mejores años, con lo que estaría fuera del target de los violadores y acosadores como quien está fuera del sorteo de los Juegos del Hambre. Vamos, que les pasaría el marrón a la siguiente generación como un rito del que todas tenemos que pasar, no sin dudar si el miedo que yo sentía estaba justificado o infundado por las noticias alarmistas de los telediarios.

Cada noche al bajar del autobús, mismo recorrido estudiado al milímetro: mismo lado de la acera, mismo paso de cebra para pasar al otro lado que ahora es allí donde hay menos callejones colindantes y mismas conversaciones telefónicas inventadas por si aquello ayudaba a repeler a alguno con la idea torcida. Todo esto viviendo en la plaza del pueblo y considerando que mi recorrido tenía un nivel de dificultad bastante bajo. Hasta tres paradas de autobús diferentes llegué a probar a lo largo de los años. 

Luego me mudé, cambié de recorrido estudiado, tuve un susto de los gordos en una parada de bus a las afueras, del que creo que me libré por empezar a hablar de mi móvil apagado sin batería. Seguí probando otros recorridos, mucho más largos pero mejor iluminados, hasta que decidí que ya no salía tanto y que cuando lo hiciera iba a volver a casa en taxi como una reina. 

Hace unos años, me vine a vivir a una de las calles más céntricas de Donostia y aunque los años no perdonan y cada vez salga menos de noche, no me puedo quitar de la cabeza la idea de que me estoy mal acostumbrando a vivir en un sitio tan "seguro". 

Últimamente, el tema de nuestro empoderamiento feminista nos ha dado seguridad para plantearnos aquellas cosas que siempre hemos dudado que estuvieran bien, de alzar la voz y decirlas, por muy incómodo que se lo parezca a alguno. Y en estas conversaciones, siempre me apena la sensación de que la lucha a la igualdad es solo nuestra, que la mayoría de las voces masculinas, bien con su silencio o bien con sus justificaciones, deciden no demarcarse de su propia manada de amigos o conocidos. Porque si la gran mayoría de nosotras hemos sufrido al menos algún caso de acoso, la gran mayoría de vosotros habéis tenido que presenciar o tener noticias de algún amigo o conocido que lo haya perpetrado. No voy a entrar en detalles, las variaciones son múltiples.


En cambio, lo que más he escuchado es ese miedo a ser denunciados ahora y el linchamiento público al que se verían sometidos si a alguna se les cruza y les pone una denuncia falsa. Ja. Porque eso es lo que hacemos todas. Después de liarnos maravillosamente con un tío, en vez de querer repetir, solemos estornudar, nos convertimos en la Launch rubia de Dragon Ball y decidimos que queremos denunciar al susodicho que ha osado ponernos la mano encima. Qué maravillosa posición aquella de dar por hecho que todo lo que te apetecía también se lo apetecía a la otra persona. Y por dejarlo claro, sólo el 0.08% de las denuncias por violencia machista es falsa. No he encontrado datos de acoso y violación pero tampoco creo que haya una diferencia abismal. 

Pero dejando de lado este miedo que ahora os ha entrado de saberos, simplemente, cuestionados, lo segundo que más he escuchado es que exageramos, que no estamos tan mal. Que en nuestro día a día no tenemos tantas desigualdades ni razones por las que ir con miedo a casa. Porque aquí, nunca pasa nada. 

Bien, pues la madrugada del viernes, hacia las 2:00, una muy amiga mía iba por el centro de Donostia hacia casa cuando tuvo la sensación de que alguien la estaba siguiendo. Creyó que era paranoia suya, cambió de acera varias veces y al mirar hacia atrás se dio cuenta que el tipo estaba cada vez más cerca. Sacó el móvil empezó a llamar otro amigo y en ese momento el tipo se le acercó y le ofreció la Coca-Cola que estaba bebiendo. Le contestó que no y mi amiga sintió terror. Se olvidó del móvil que estaba dando tono y se dio cuenta que no estaba paranoica, que sí pasaba algo y que igual no llegaba a casa. Alzó la vista y vio un grupo de gente a una manzana de distancia y empezó a correr hacia ellos. El tipo corrió detrás suyo, se le abalanzó y con las dos manos le agarró el culo. Ella se dio la vuelta, le gritó y le insultó mientras él sonreía. Entonces el grupo de gente la escuchó, empezó a ir hacia ella y él se fue. Fue este grupo de amigos el que la consoló, le dieron el abrazo que necesitaba en aquel momento y la acompañaron hasta casa. Una vez dentro, llamó a la policía, que la escucharon muy amablemente y lo denunció. 

Ayer nos lo contó con aún el miedo en la voz, pensando qué hubiera pasado si ese grupo de personas no hubiera estado justo allí en aquel momento, y su miedo se hizo nuestro. Legitimó el que ya teníamos. Me recordó que aún viviendo en pleno centro, en una calle llena de farolas y tráfico ininterrumpido, aún teniendo ya más de 30 años, no me puedo relajar y tengo que volver a casa, cada noche, con miedo.

Escuchándola me acordé de aquellos que me han solido decir que exageramos y me cabreé con ellos. Mucho. Sobre todo porque sé que ellos nunca harían algo así y aún y todo no se desmarcan de la manada. Porque esa comunidad que han creado sólo se romperá con voces individuales que vayan saliendo de ella. Voces, que acepten la seguridad y la posición de superioridad que les ha otorgado la sociedad y bajen hasta la entreplanta que hay que crear entre todos para convivir en una sociedad más igualitaria. Voces que acepten nuestro miedo, ni siquiera necesitamos que lo compartan, simplemente que lo entiendan, que será el primer paso para que algún día no tenga que haber una generación que pase por esos Juegos del Hambre. 



domingo, 8 de julio de 2018

Volver o no

Se me acaba de ocurrir mientras leía un tweet de alguien que decía estar leyendo Middlesex de Jeffrey Eugenides y que le estaba pareciendo grandiosa. He sonreído y he sentido envidia. Porque a mí Middlesex me dejó con la boca abierta y gracias a mi cada vez más endeble memoria literaria, creo que aunque no fuera tan apoteósica como la primera vez, disfrutaría de una segunda lectura, mucho. 

Se me ha ocurrido que podría planificar el 2019 como el año de releer libros que me maravillaron y que siempre he querido volver a leer pero nunca lo he hecho porque no consigo que la pila de libros nuevos pendientes baje de las veinte unidades. Me he puesto a pensar en qué títulos contendría mi año revival y con cada título nuevo, me he empezado a ilusionar más y más. Middlesex, por supuesto, Expiación, Jane Eyre, Canciones de amor a quemarropa, Americanah, alguna de Trueba, puede que Cuatro Amigos o la reciente Tierra de Campos... quizá no necesitaría ni un año entero... El amor en los tiempos del cólera... a ver que piense en alguno más... porque quizá puede ser una enseñanza, volver a disfrutar de lo que ya hemos poseído, regodearnos en nuestra euforia en vez de seguir buscando incansablemente algo que nos llegue a emocionar de la misma manera. Acabar un poco con esa insatisfacción continua en la que vivimos, en querer terminar cuando antes el libro que tenemos entre manos porque en la mesilla ya hay otro esperando. Olvidando por completo que hubo un día en el que el libro actual era en ansiado. 


En esas andaba cuando... "En Comala comprendí, que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver...", la voz de Sabina susurrándome al oído como mi particular Dios omnipresente. Esa frase que me viene a la mente cada vez que hurgo demasiado en mi nostalgia y aunque al primer momento siempre dudo de su veracidad, termino rindiéndome ante la evidencia de que Sabina más que yo al menos ha vivido, que algo sabrá sobre estos temas.

Y me entra el miedo de si no pondré mi vida en stand by al volver a aquellas lecturas pasadas. 

domingo, 1 de julio de 2018

Más allá del viaje de los 30

Hacia los 25, empezamos a ahorrar para hacer un super viaje a los 30. Abrimos una cuenta común y decidimos el importe que ingresaríamos cada una al mes. 

Era divertido imaginárnoslo. Iríamos a algún sitio en el Caribe, a un hotel de esos de pulserita para que aquello nos pareciera un paraíso completo. Alguna vez, hasta fuimos más allá y estuvimos riendo con ganas pensando en lo que haría cada una. 

La primera en bajar a la piscina sería I, cuando las hamacas aún estuvieran sin colocar y totalmente ansiosa por aprovechar el mínimo rayo de sol que se paseara por allí. Porque ella sabe que madrugar es de sabios y que quedándote en la cama no te enteras de nada. Para cuando apareciera el resto, sabíamos que estaría controlada cuál era la ubicación solar perfecta y más de un chascarrillo de nuestros vecinnos. Lo más probable es que la siguiente en aparecer sería S, con algo sueño y algo de resaca, porque la víspera se habría colado en la fiesta alternativa de los trabajadores del hotel (muy rollo Do you love me? en Dirty Dancing). Se desperezaría no sin esfuerzo, pero con cierta rapidez por miedo a perderse la mínima emoción del nuevo día y con la mente puesta en hacerse amiga del nuevo profesor de aquagym, porque estaba claro que era la mejor pareja de baile posible para la siguiente noche, y de retomar conversación con los camareros del chiringuito (aún teniendo pulserita, toda invitación extra era bienvenida). No mucho más tarde, pero con otros fines totalmente diferentes, aparecería X, con todos los mapas que hubiera encontrado de la zona, con los apuntes del Lonely Planet y el horario de los autobuses colindantes, pensando en todas la artimañas que necesitaría esta vez para juntar y organizar bien a todo el rebaño. Porque nosotras nos desmadramos y ella nos ordena. Quiero pensar que la siguiente sería yo, bien desayunada, con un par de libros bajo el brazo, pasando bastante de la ubicación solar perfecta de I y en cambio, buscando la sombra más fresquita de los alrededores. Puede que S me hiciera ojitos para que me fijara en el profesor de aquagym (moción que I apoyaría completamente y cosa que yo haría con tanto disimulo que apenas podría fijarme ni en el color de su pelo) y que X, viniera a donde mí con todo su entusiasmo porque sabría que si me tumbaba, sería su hueso más duro de roer. Cuando todas estuviéramos acomodadas, aparecería Z, bien protegida con crema solar, gafas, gorro, repelente de mosquitos y hasta una pashmina. Con algún artículo literario de los suyos para corregir, se sentaría a mí lado y le diría a X que iba a aprovechar un poco para adelantar el trabajo mientras decidiéramos a dónde íbamos a ir a pasar el "día", aunque ya fueran las 12:30 o así. Y por último, cuando ya fuera la hora de irnos a comer, llegaría A, perfectamente preparada y acicalada, cor la crema bien dada, las planchas hechas y con un maxi-bolso que contuviera todo lo "por si acaso" que una pueda necesitar. Nosotras, le empezaríamos a vacilar por lo mucho que había tardado y por lo arreglada que iba y ella soltaría un "Oyee" antes de darnos un beso a cada una con la mejor de sus sonrisas. 

Era como si ya lo hubiéramos vivido antes de ir. 

Pero luego empezaron a llegar los niños y sobre todo las niñas. Empezamos a tener agendas cada vez más apretadas, quehaceres varios y trabajos más absorbentes. Y lo que iba a ser el viaje de nuestras vidas se quedó en un fin de semana muy bien aprovechado en Madrid. 


Hace unas semanas, a X le dio por mirar cuánto dinero teníamos en esa cuenta común y nos comunicó que aún había un dineral. Aprovechando de S está por aquí (porque al final se nos fue a vivir demasiado lejos), decidimos organizar un día para nosotras con nuestro nuevo plan favorito: Scape Room + una buena comida. 

Del Scape Room no conseguimos salir, por poco, pero el chico que lo llevaba nos dijo que lo habíamos hecho muy bien, que se nos veía muy compenetradas. 

lunes, 11 de junio de 2018

Hagamos el verano

Dicen que no va a haber verano. Que no va a hacer tres días seguidos buenos, aunque también te digo que ahora mismo firmo alternar dos buenos con uno malo. Dicen, los de las témporas, el pastor de Gorbea que anda pululando por WhatsApp y supongo que Pello Zabala de dará la razón, que va a ser horroroso, depresivo. Como si el hecho de que desde noviembre hayamos tenido apenas doce días de sol no nos tenga ya al borde del abismo, en guerra permanente con nosotros mismos por conservar el optimismo. 

Y mira que no soy de calor. Que cada año pienso que este año sí, que me pondré morena como lo hacía de pequeña pero luego hace ya tiempo que decidí que lo mío era más una buena sombra. Supongo que esta poca paciencia para aguantar el calor lo agradecerá mi piel dentro de diez años. 

Aunque qué ganas de un subidón de Vitamina D. De un colocón. De esa tonta euforia que sientes al llegar a casa después de haber pasado el día en la playa, y te duchas, y te metes a la cama con el pelo aún húmedo porque qué más da.


Pero desde este pequeño rincón, quiero hacer un llamamiento a la poca ilusión que nos queda y que pensemos que crear el verano siempre puede estar en nuestras manos. Un poco lo de Mahoma y la montaña pero con alegría y nubes negras. 

Pensemos que verano es ese perfume que ya te huele a víspera de San Juan y a bailar como loca en alguna verbena de pueblo. Es meterte a la cama con un capítulo de Mad Men y la ventana abierta, y quedarte dormida mientras Don Draper hace de las suyas y Joan Holloway no levanta la voz. Por mi parte hasta pienso ver un capítulo de Game of Thrones cada lunes. Verano es dejar los brunches para otro día y tomarte un vino blanco con las amigas en esa calle que los domingos es peatonal. Un vino, o dos. O tres. Y luego un bocata ya que estamos. Verano es ponerte las gafas de sol al mínimo rayo, o hasta con resol, al pelo alborotado secado al viento siempre le quedaron especialmente bien. Verano es seguir el Mundial, tragarte un Ingleterra-Bélgica en primera ronda sin saber quién quieres que gane exactamente, porque lo que importa son las cervezas, los cacahuetes y ese amigo que tiene todas las porras hechas. Que ojo con Bélgica este año. Verano es salir de trabajar y ver atardecer, quién sabe si el año que viene seguiremos a la orilla del mar. Verano es leer ese libro que te da cierta vergüenza sacar en Instagram, que el resto del año eres muy de leer Zweig y esos libros que recomiendan todas tus twitteras de confianza pero qué gusto es coger una de esas novelas de amoríos y tragártela en dos días con el piloto automático. Verano es cogerte el chubasquero por si acaso e ir a la playa a ver algún concierto del Jazzaldia. Verano es escuchar Plage de Crystal Fighters y pensar que cómo no han hecho un anuncio de cerveza aún con esa canción. ¿O ya lo hicieron? ¿O era de otra cosa? Verano es echarte la siesta resacosa con la etapa del Tour de fondo, porque esa siesta es la mejor del año. Verano es acercarte a las fiestas del puerto y ver a quienes no has visto desde el verano anterior. Verano pueden ser todas las aventuras que tú quieras.

Pongámonos moñas y hagamos de nuestro verano un state of mind de esos, que habrá más horas de luz seguro y las noches serán cortas y merecedoras de aprovecharlas al máximo. 

domingo, 1 de abril de 2018

Todo al amarillo

1. @voguejapan
2. Jeffrey Campbell
4. Free People
5. Pinterest
6. Pinterest
7. @urbanoutfitters


Leyendo el libro Cómo ser mujer de Caitlin Moran, de todo lo que decía lo que más se grabó en mi mente fue el consejo de tener un par de zapatos amarillos en el armario porque de manera sorprendente, combinan con todo. Una vez se lo comenté a mi hermana y me dijo a ver si no había visto a Moran, a ver si en serio me iba a fiar de un consejo estilístico salido de su boca. Pero yo llevo tiempo dándole vueltas y creo que esta primera me lanzo a ello. 

lunes, 5 de marzo de 2018

Sobre los Oscar de anoche

Ayer me quedé despierta hasta las seis de la mañana de hoy. Por mucho que llevara dos noches con el sueño cortado (ya se sabe que a estas edades como te desmelenes un poco al día siguiente lo pagas caro), me pareció que a mi yo de quince años se lo debía. Porque hubo una época de mi vida, que la noche de los Oscar me parecía una de las más transcendentales del año y a la mañana siguiente me despertaba antes de la hora prevista con una ilusión mayor que si hubieran venido los Reyes para conocer cuales habían sido los ganadores. Creo recordar que antes la gala sería un poco más tarde, porque hacía las 07:25, solía anunciar el directo por la radio cuál había sido la película ganadora y me encantaba esa sensación de simultaneidad con cambio horario incluido.

Siempre soñé con poder ver la gala en directo, pero en casa no teníamos Canal+ y esto de internet apenas existía por aquel entonces. Recuerdo que soñaba con que algún año coincidiera con Carnavales, porque entonces se daría el caso de que me podría quedar en casa de mi tía en Tolosa a dormir y alegar algún malestar descompasado para que ¡ups!, no salir de fiesta y pasarme la noche delante de la televisión. Porque sí, ellas sí tenían Canal+. 

Desde entonces, lunes de universidad o lunes trabajando, y no sé si alguna vez lo he comentado pero soy bastante mala persona cuando tengo sueño por lo que nunca me había permitido el gusto. Pero este año tocaba que el lunes tenía fiesta y que además había hecho los deberes viendo casi todas las películas por lo que tenía que hacerlo, igual que una vez pisé la ruta 66, tenía que ver la gala de los Oscar en directo por una vez en la vida.

Y digo una vez en la vida porque no creo que se repita. Tampoco es que me aburriera, de hecho se me hizo bastante amena entre la alfombra roja de People y la retransmisión de Movistal+ (quitando algún que otro comentario innecesario e inapropiado de estos últimos), pero será que se me chafó todo con la película ganadora porque qué sueño y qué mal cuerpo tengo hoy. 

Como he dicho, había hecho los deberes, tenía mis favoritas y entre todas se alzaba Three Billboards Outside Ebbing, Missouri. Por no hablar de que por muy bien que me caiga Guillermo del Toro, su hombre anfibio me aburrió tanto que me pasé al última hora en el cine mirando al reloj todo el rato. Si hubiera tenido al simpático de Guillermo al lado, hubiera sido la pesada del ¿cuánto falta? cada cinco minutos. Pero muy a mi pesar tenía la corazonada de que iba a ganar, tengo testigos.

Pero vayamos por partes, aunque tampoco es que tenga nada más que discutir sobre el resto de los premios. Con los técnicos no me meto porque sinceramente, poca idea puedo tener si el sonido de Dunkirk estaba bien mezclado o no. Sólo diré que lo mejor de Blade Runner 2049 me pareció su fotografía por lo que estoy encantada de que Roger Deakins se llevara el premio. Y teniendo en cuenta que Coco me parece la mejor película del año, daba por sentado que ganaría en las dos que optaba por lo que casi ni aplaudí al escuchar los nombres. 

También estoy encantada con las cuatro interpretaciones, con cierta pena de que la Tonya Harding de Margot Robbie hay tenido que coincidir con ese portento de Mildred Hayes de Frances McDormand, porque si no, me hubiera hecho ilusión que el trabajazo de Robbie se hubiera visto reconocido. ¿Qué Gary Oldman nunca había ganado un Oscar? Así es, por lo que todo correcto, que Daniel Day Lewis ya se llevo uno inmerecido por Lincoln el año que competía con Joaquin Phoenix por The Master (puede que esta fuera la mayor indignación que tenía hasta ahora) y me pondré condescendiente diciendo que Timothée Chalamet tiene años por delante para hacerse con uno. Ante los dos premios de interpretaciones secundarias, solo me queda quitarme el sombrero, levantarme y aplaudir.


El año pasado el susto fue tremendo cuando La La Land no se hizo con la estatuilla a la Mejor Película. Amo La La Land de una manera sobre humana, pero hubo una parte de mí que se alegró de que premiaran Moonlight y todo lo que ello conllevaba, por mucho que La La Land me pareciera una película mucho más redonda e inolvidable. Pero este año no lo entiendo y cuanto más tiempo pasa, más me estoy indignando. La Forma del Agua me parece tan poco original, tan vista, tan previsible y tan ñoña (y lo dice la reina pastelera), que hasta su preciosa estética en tonos verdes (tan Amelie, por cierto), queda totalmente deslucida. Y por el contrario, Three Billboards Outside Ebbing, Missouri me perece que consigue cosas tan difíciles como enseñarnos todos los matices que puede haber entre el bien y el mal o hacernos reír con un cúmulo de desgracias en el hilo narrativo y sin caer en la desfachatez, que me parece una película tan necesaria como admirable. Pero supongo que será cuestión de gustos y que al que no lo ve, no lo convenceré yo. 

Pero dejando el cabreo de lado, diré que me encantó el vestido de Nichole Kidman, el traje de Armie Hammer y James Ivory y su camisa, que me enamoré una vez más de Jane Fonda y Helen Mirren (en serio, ¿cuál es número de Lucifer para envejecer así?), que he visto el speech de Frances McDormand como cinco veces y que he llorado en todas, que a Jimmy Kimmel le damos un notable y que qué maravilla de parejas las formadas por Maya Rudolph y Paul Thomas Anderson y Phoebe Waller-Bridge y Martin McDonagh. 


Y sobre todo diré que realmente parece que las cosas están cambiando, que parece que estamos avanzando hacia una sociedad más reivindicativa, más igualitaria y más inclusiva, y que a mí todo esto me emociona mucho

Por cierto, el jueves, 8 de marzo, nosotras paramos

domingo, 25 de febrero de 2018

El día que fui la única chica en levantar el brazo

De todo lo que he hecho en la vida, de lo que más orgullosa me siento es de aquella vez que quedé campeona de mus de mi Ikastola (bueno de toda la Ikastola tampoco pero me sirvió igual). No lo hice sola, tuve de pareja a uno de mis mejores amigos de la infancia que aún hoy aparece en la tienda para que nos vayamos a andar mientras le damos al pico y arreglamos el mundo. Pero aquella vez fue la suerte la que nos puso juntos. 

Los 3 de diciembre, San Francisco Javier, se celebra el día del euskara y en nuestra Ikastola siempre era un día esperado porque había juegos y competiciones entre clases. Aquel campeonato de mus fue uno de los juegos del año que estábamos en primero de bachiller, ¿o era tercero de la ESO? Recuerdo que nos tocaba jugar contra los mayores. Mi épica personal empezó cuando dijeron que levantáramos la mano quienes quisiéramos representar a nuestra clase y me vi como la única chica que quería hacerlo. Había levantadas unos doce brazos masculinos y el mío. En ese momento ya tuve que escuchar algunos (varios, demasiados) “buah, Marzol, ¿pero tú qué sabes?”, a los que no recuerdo haber respondido con algo más que unos ojos en blanco. No sé si en mi vida he tenido más suerte que aquel día, porque no sólo me tocó a mí en el sorteo, es que el azar quiso que el otro elegido fuera mi amigo, uno de los muy pocos que no me había increpado (quiero pensar que tampoco se le había pasado por la cabeza) y sin duda, con el que más me apetecía formar pareja.

Los días siguientes al sorteo y previos al gran día, tuve más comentarios sobre la poca confianza que tenían en mis facultades por el mero hecho de ser una chica, aunque lejos de sentirme mal, cada comentario me llenaba más de cierto espíritu muy rollo Xena la princesa guerrera. Ahora hubiera sido Aria o la madre de dragones la que me hubieran venido a la mente pero entonces, con Xena íbamos que chutábamos.

Y llegó el día, y ganamos. Apenas dos partidas pero ganamos. Primero contra los de un año mayor que aquello me pareció increíble y luego contra los de la otra clase de nuestro mismo curso. Recuerdo que me entendía de maravilla con mi pareja (siempre lo hemos hecho), cosa que favoreció muchísimo a nuestras victorias y recuerdo también estar rodeada por aquellos chicos que no daban un duro por mí, mientras juzgaban cada una de mis jugadas. Oh, sí, la sonrisa que les dediqué a cada uno de ellos cuando me levanté una vez conseguida la victoria, diría que ha sido la más satisfactoria de toda mi vida. Hala, ahora vas y me dices algo.

El otro día fui a ver The Post, con eso de que este año me he puesto las pilas con el cine y los nominados a los Oscar y que me reconcilié con Spielberg y Hanks en El puente de los espías, lo cogí con ganas. Y la película bastante bien, y Streep maravillosa, as always, en el papel de la gran Katharine Graham, rodeada de hombres y haciéndoles callar sin levantar la voz. Esas reuniones en donde la cámara pasa por cada hombre en la sala hasta llegar a ella, la llegada a Wall Street y la escena final cuando sale del juzgado, que dicen tanto con el mínimo discurso. Me hizo recordar también ese gran personaje de Philipp Meyer en El hijo, Jeannie McCullough, heredera de un imperio petrolero y alzando la cabeza en los ¿años 60? en otro entorno totalmente dominado por hombres.

Fuente: Vogue

Estoy lejos de querer compararme con tantas y tantas mujeres que han conseguido que nosotras hoy podamos aspirar a más o menos lo que queramos, pero me gusta pensar que por cada vez que he levantado el brazo cuando era la única chica, ha servido para que alguien cambie un poco su visión de este mundo y podamos luchar todos juntos por un mundo en el que no haya una niña (ni un niño) que no pueda vivir como quiera. 

domingo, 11 de febrero de 2018

Un tocador para el futuro

Comparto piso con dos chicas maravillosas que han sido mi anclaje en los últimos dos años y medio, justo cuando más lo necesitaba. Con ellas he hecho del desayuno del domingo un ritual, de las sesiones de cine un juego de azar y del sofá de casa el mejor bar para echarnos unas risas. 

Nuestra casa está bien, vivimos en una ubicación inmejorable, uno en el que nunca pensé que llegaría a vivir, somos limpias, silenciosas y llevamos a fuego eso de vive y deja vivir. 

Los días de verano duermo con la ventana que hay encima de mi cama abierta de par en par mientras la brisa nocturna acaricia mi cara y hacia las 23:00h, se ve la luna desde ella. Cuando llueve, el repiqueteo en el patio me relaja y apenas se oyen coches aún viviendo en el centro de la ciudad. 

Pero sabemos que nuestra idílica convivencia no será para siempre, que nuestras vidas no estarán sincronizadas de por vida (hasta tenemos a un Yoko en Boston). Y con lo bien que he vivido, le tengo ciento pánico escénico al día en que todo esto se acabe. Quizá poniéndolo en palabras se vaya evaporando poco a poco.

Pero a todo hay que buscarle su lado positivo y quizá mi futura habitación o futura casa sea más grande que el espacio propio que tengo ahora. Quizá, por fin pueda empezar seriamente a coleccionar ejemplares de Jane Eyre y dedicarles una balda entera. Quizá, esa futura casa tendrá un balcón donde poner muchos geranios y alguna que otra hortaliza. Puede, que también haya espacio para recuperar del garaje el antiguo tocadiscos de la casa de mis padres y traerme los viejos vinilos de Leonard Cohen y los Beatles

Pero si hoy he empezado a escribir sobre esto es por este tocador que ha aparecido ante mis ojos que ahora necesito tener en algún rincón de la casa. Y claro, ahora mismo no tengo sitio.



miércoles, 31 de enero de 2018

Por lo menos hasta el viernes

Un día, después de un partido Real Sociedad-Real Madrid en Anoeta, mientras desayunábamos con vistas al mar disfrutando del sol que le había  regalado a su visita, nuestro querido Javier Aznar me preguntaba cómo era posible que con el resultado que lucía el marcador (¿era un un 0-4?) la grada hubiera terminado el partido coreando a su equipo como en la mayor de las victorias. Por mi parte le contesté que era lo único que nos quedaba, el amor por unos colores. En el verde, vistiendo la camiseta del equipo contrario, estaban Xabi Alonso y Asier Illarramendi y aquellos cánticos eran la única manera que tenían los aficionados de enseñarles que había algo que el dinero no podía pagar y que aunque sólo fuera ese pequeño detalle, se lo estaban perdiendo en su gran aventura. 

En este asunto del fútbol donde todo se ha vuelto tan tangible, a los últimos románticos que quedamos nos sigue haciendo ilusión esa chispas de magia y de respeto. Soy esa tonta que se emociona cada vez que Griezmann no celebra un gol que nos marca.

Una de esas sillas, la mía. 


Sin embargo, el fútbol, sus clubes y sus jugadores, se encargan bien de recordarnos que ese romanticismo está agonizando, nos dan una cachetada en la cara a modo de advertencia de “eh, ese deporte por el que suspiras, no va a volver”.

Y aún y todo, cuando vuelve a pasar duele. En esta ocasión no tanto por quién lo ha hecho sino por el cuándo, cómo y a dónde. Porque saltar del barco el primero cuando se ha empezado a hundir un poco para resguardarte en el jardín del vecino, es un poco feo. A mí me da que es lo que hubiera hecho el marido de Rose en Titanic.

Sacudo la cabeza para dejar de divagar y razonar un poco. Porque no vale el dinero que nos han pagado, menos en este año que anda lejos de su mejor versión, y realmente tengo la sensación de que en eso de la oferta y la demanda, hemos salido ganando. Pero el orgullo herido duele. Aunque sea un poco. Por lo menos hasta el viernes.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Mis lecturas favoritas de 2017

Último día del año y parece que esta vez haré a tiempo la lista de las mejores lecturas. La reflexión me pilla en medio del reto de pasarme dos meses sin comprar un libro y por ahora voy aguantando, más de la mitad ya. Lo hice por dos razones: la primera, porque en casa tengo tal cúmulo de libros por leer que hasta me empecé a agobiar; y la segunda, porque me causaba cierta ansiedad el reto y nadie daba un duro por mí. A que no hay ovarios.

Me he dado cuenta que me había convertido en una lectora constantemente insatisfecha que tiene el recelo de que el libro que esta esperando siempre es mejor que el que está en las manos y así, leer era una especie de tarea que simplemente me llevaría al siguiente libro. Ser productiva dejando de lado parcialmente aquella fascinación adolescente que me hacía meterme a la cama antes para regocijarme en todo el tiempo de lectura que tenía por delante.

Pero entre estos dilemas morales, he disfrutado bastante de la lectura, he leído libros que no me importaría volver a leer y alguno incluso lo metería en mis favoritísimos. Aquí van, con un orden más o menos inverso:

-La uruguaya de Pedro Mairal (Libros del Asteroide)

Una de esas joyas que te llega sin querer y que luego recuerdas de vez en cuando. Tampoco se me hace tan fácil decir por qué me gustó, tuvo el poder de hipnotizarme y enamorarme de la manera menos racional.


-El intérprete del dolor de Jhumpa Lahiri (Salamandra)

Lahiri se ganó a pulso ser una autora a la que siempre volver con el primer libro suyo que leí, Tierra Desacostumbrada. Con La Hondonada ya me volví fan fatale y este último que he leído, que realmente es el primero que escribió, me ha recordado el por qué de tanta pasión. Jhumpa Lahiri tiene una habilidad excepcional para retratar los dilemas cotidianos del deber y el querer y como todas esas pequeñas decisiones componen lo que somos, una identidad con miles de matices, a veces contradictorios, a veces compatibles.


-Medio sol amarillo de Chimamanda Ngozi Adichie (Random House)

Sobre Ngozi Adichie poco me queda por escribir que no haya gritado ya a los cuatro vientos. Ella, en todo su ser, es una de las principales Diosas de mi religión, representa casi todo en lo que creo en esta vida y sus libros siempre serán biblias para mí. Medio sol amarillo es una historia tan dura como corriente, porque aquí es Nigeria la que está en guerra pero podría ser cualquier otro lugar. Como seguir adelante, o simplemente como vivir cuanto todo se está destruyendo a tu alrededor, mientras mantienes la esperanza de que esa destrucción a la vez es la construcción de algo mejor.


-El hijo de Philipp Meyer (Random House)

Una de esas grandes novelas americanas que pasan a los anales de la historia. Saga familiar magistralmente relatada por tres protagonistas de diferentes generaciones, con párrafos y páginas para enmarcar. Vaqueros, indios, petróleo... y hasta una mujer ejemplar abriéndonos el camino a las que vendríamos por detrás. Novelón al canto con el que disfrutar horas. 


-El año del pensamiento mágico de Joan Didion (Random House)

Siempre he pensado que es un lujo aprender de las grandes mentes y pocas cosas me parecen más difíciles que aprender a sobrellevar el dolor de una pérdida. Así, intento empaparme de pensamientos tan mágicos como los de Didion, que en este regalo de libro nos relata el año siguiente a la muerte de su marido. Triste, sí, pero también esperanzador, de cómo seguir adelante en la vida hasta cuando sientes la pérdida del mayor de los cimientos. Porque la meta final siempre será recordar con una sonrisa a los que ya no están. 



-Nosotros en la noche de Kent Haruf (Random House)

Los dos, rondando los 70, viudos y vecinos. Una noche, ella toca el timbre de su casa y él le invita a pasar. Se conocen de vista, algún trato han tenido, pero nunca intimando demasiado. Ahora, ella tiene una propuesta que hacerle: dormir juntos cada noche, simplemente tumbarse en la cama uno al lado del otro y dormir. Porque las noches son lo más solitario del día y siempre es reconfortante escuchar la respiración de alguien más. 


-Ciudadanos particulares de Tony Tulathimutte (Alba Contemporánea)

La trillada temática de jóvenes que han terminado sus estudios y están buscando su camino en la vida porque se dan cuenta que no están en el sitio donde pensaban estar adquiere aquí otra dimensión. Tulathimutte crea unos personajes de manera poliédrica, sin dejarse ni una cara, ni una arista ni un vértice. Imposible no sentirte identificado en lo perdidos que se sienten intentando entender cómo gira el mundo y queriendo subirse a él. 


-Una Madre de Alejandro Palomas (Nuevos Tiempos Siruela)

Mi libro de transición del 2016 al 2017, que es cuando lo terminé y por eso cuenta, y fue especialmente acertada la elección de leerla en época Navideña porque el libro justo pasa entonces, cuando una familia algo atípica (como todas) se junta para celebrar la Nochevieja alrededor de una mesa. Hablando de los que faltan, los que vuelven y los que siempre están, contando los dramas desde una perspectiva llena de humor y ternura, me hizo reír y llorar casi a cada página.


-Piscinas vacías de Laura Ferrero (Alfaguara)

A Ferrero la tenía pendiente desde hace meses y al final la cogí por banda intrigada por tanta crítica excelente. Y como en muy pocas ocasiones pasa, las expectativas se vieron superadas por creces. Piscinas vacías en un cúmulo de pequeñas grandes historias, afiladas como puñales, que se te meten dentro. Tan dentro, que pocas veces pude leer dos seguidas, porque cada vez que terminaba una, el cuerpo me pedía parar a regocijarme y a darle ciertas vueltas a la cabeza. Justo ahora estoy con Qué vas a hacer con el resto de tu vida y no me sorprendería si al finalizar 2018 está en esta misma lista. 


-Tierra de Campos de David Trueba (Alfaguara)

Trueba escribe para mí, ahí juega con ventaja y no puedo ser imparcial. Tierra de Campos me entusiasmó de tal manera que pasó directamente a la estantería de mis libros favoritos y ahí sigue, enmarcado en mi recuerdo, con las ganas de releerlo otra vez. Y lo cierto es que me gustó tanto, que me cuesta explicar con palabras el porqué. Lo único que puedo decir es que es Trueba, y Trueba siempre es bien y casi siempre es maravilloso. 


Sigamos leyendo en el 2018.

Urte berri on!


domingo, 10 de diciembre de 2017

La lección que nos está dando OT

Empecé sin ninguna intención. Vimos la repetición de la Gala0 con cierta curiosidad, nostalgia y la sensación de que estábamos viendo algo que no nos correspondía, que esta edición de Operación Triunfo ya no era para nosotras, porque nosotras ya habíamos tenido nuestra edición y ahora ya estábamos mayores.

Luego hubo una canción que quise ver en la Gala1, Los Ronaldos molándolo todo en la voz de dos concursantes que lo hacían bastante bien, pero el apoteosis llegó en la Gala3: City of Stars. La La Land, mi gran obsesión de este 2017 saltaba a la palestra una vez más. Empecé a cotillear los ensayos y ¿qué era ésto? ¿iban a tocar el piano ellos mismos? Y qué bien lo hicieron además. Ahí ya me aprendí bien los nombres de Amaia y Alfred, y también los de Aitana y Cepeda, y cuanto más veía, más nombres me aprendía y más quería seguir viendo. 

Llegaron también las clases de los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, la pareja de moda por Paquita Salas y La Llamada, y gracias a ellos y a otra concursante, Marina, hubo una master class espectacular sobre orientación y género sexual que se debería emitir en todos los colegios. Aunque el mayor hito fue cuando la propia Marina, declarada bisexual, se dio un simple beso con su novio trans en plena prime time de la televisión pública. Cómete esa, Hazte Oír. 

Los Javis ilustrados por Pablo Bianco

Mientras, Alfred seguía paseándose por la academia con una camiseta que ponía feminist y pedía que hiciéramos donaciones a una ONG que ayuda a los refugiados porque el Gobierno Español apenas ha llegado a acoger al 11% de lo pactado. Amaia, seguía tocando el piano y la guitarra a todas horas, demostrando una cultura, un gusto y una sabiduría musical para enmarcar en una chica de 18 años. Salió también Ana Guerra, leyéndole la cartilla a Cepeda por escandalizarse al tener que besar a un chico y dedicando su canción (himno para estas alturas) La Bikina, a todas las supervivientes de la violencia de género. Nerea hablando del problema que tiene con su dentadura y de cómo superó su complejo con una madurez pasmosa. Y otra vez Alfred, respondiendo con naturalidad a la pregunta de Ana Guerra de si le gustaría que una mujer levantara el brazo y tuviera pelo en el sobaco: "A mí me gusta lo que me gusta, me gusta la mujer en sí. Si es una persona bella, es una persona bella. Si te gustan las mujeres y no te gusta el pelo, tienes un problema, porque las mujeres tienen pelo."

Y así, me he ido enganchando semana tras semana un poco más a estos chavales. Hasta el punto de que sigo el 24h en mis ratos libres, me he bajado la aplicación para votar y hace varias semanas que alardeo a los cuatro vientos mi fanatismo. He llegado a tal punto, que el otro día a los de mi club de lectura les recomendé que lo vieran mientras que todos me miraban con cara de pero ésta qué se ha fumado. 

Supongo que la educadora que guardé dentro de mí es la que se da cuenta lo valioso que es que haya una generación de adolescentes que tenga a estos triunfitos como referentes. Cuántas chicas habrá que verán gracias a Alfred, que el chico que les gusta no tiene derecho de ser un gilipollas con ellas. Me parecería maravilloso aunque sólo fuera una la que manda a paseo a algún impresentable. Que vean que los chicos a los que idolatran, han estudiado y trabajado mucho para cumplir sus sueños. Que aunque en su entorno escuchen comentarios negativos, es lo más normal del mundo besarte con quien te dé la gana sin que te lo impida su aspecto o lo que lleva entre las piernas. 

Toda esta cultura en la televisión de hoy en día es una joya. 

Por lo que larga vida a Amaia Primera de España y quinta de Alemania y a todos sus compañeros. 

Fan total de esta ilustración de Pablo Bianco


P.D.: Y Roi, que yo soy muy fan de Roi y de su sapoconcho. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

¿Puedo empezar ya a ver películas navideñas?

Por qué negarlo, serán los días más cortos, esas horas de oscuridad de más que hay que rellenar de alguna manera, pero cada año por esta época, siento ansias vivas de darme plenamente al moñerismo. Porque en contra de algunas creencias, tampoco lo hago tanto el resto del año. 

Pongo como ejemplo que me decepcionó bastante, romanticamente hablando, y contra pronóstico, el idolatrado San Junipero de Black Mirror. Será que soy algo clásica respecto al tempo, pero en cuanto a enamoramientos, me va más el roce que el flechazo. 

Cierta nostalgia invade mi cuerpo ahora que empiezo a rememorar el año, archivando mentalmente aquellos momentos que se han ganado un hueco en mi memoria. Y quizá por ir asentando esas nuevas experiencias, tiendo a repetir ficciones año tras año, regocijándome en el gusto de ver historias de las que ya conozco el final. 

Navideñas es un decir, o mejor dicho, las vuelvo yo. Será un mecanismo de defensa para que no se me enfríe el corazón tanto como los pies. 

Así, empezaré calentando motores con Wall-E, que siempre queda bien y no denigra mi estatus intelectual. Quizá seguiré con Frozen, un clásico de nuestros días al que aún no se idolatra lo suficiente. Compensaré un poco con Monstruos S.A., pocas películas me devuelven tanto a la infancia, aunque la viera por primera vez ya entrada en la veintena. Es buen sustituto para Cenicienta y Merlín el encantador, casi imposibles encontrarlas ya en su doblaje original. Y aquí, o consumimos mandanga de la buena, o nada.


Nunca pueden faltar Mientras dormías, favoritísima entre todas con esa mirada de Bill Pullman creando expectativas, y El diario de Bridget Jones, con sus frases para la historia y su banda sonora para enmarcar. Añadiré Love Actually, más por la presión social que por preferencia personal, nunca está de más cierta dosis extra de Colin Firth haciendo las mil y una versiones de Darcy. Subiré el listón con El Apartamento para bajarlo estrepitosamente luego con la sobredosis de Hallmark que me ofrecerá y aceptaré en Netflix y redondearemos todo con Beautiful Girls. Siempre es un placer volver a donde los amigos de toda la vida. 

No puedo prometer que esto será todo, lo dicho, me suele dar bastante fuerte. Por de pronto, el otro día mi chica de la habitación de al lado, me instó a que no me perdiera el capítulo 14x07 de Anatomía de Grey y aunque hace algún tiempo que lo dejé, siguiendo su "cualquiera que haya sido fan debería de verlo" lo vi. Me entró tal nostalgia que fui directa al 1x01 con una bolsa de Risketos como acompañamiento. Ni qué decir que detrás vinieron el 1x02 y el 1x03, y estoy deseando terminar de escribir para ver el siguiente. Todo pinta que también pasaré las Navidades en el Seattle Grace.

Pero, ¿puedo empezar ya? ¿O debería esperar hasta el maratón anual de Acción de Gracias con Friends?

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sentarse tranquilamente

Sentarse tranquilamente y mirar. Mirar llover, mirar a los pájaros volar o mirar a las hojas caer.

Sentarse tranquilamente y desayunar, con todo el ritual que ello conlleva. Sobre todo con ese café tan caliente que tardará en estar a una temperatura bebible. 

Sentarse tranquilamente delante de la chimenea y vigilar el fuego, la lumbre. Disfrutar del calor que emana, del chisporreteo que suena, de los colores que se ven en las llamas. Decidir si ponerle más leña o si por ahora tiene suficiente para ir tirando.

Sentarse tranquilamente con un libro entre las manos, sin tener que mirar el reloj y siendo los capítulos los que marcan el paso del tiempo. 

Sentarse tranquilamente para hacer un autodefinido, poniendo las palabras que sabes e inventándote otras. Luego ya si eso leerás el periódico.

Sentarse tranquilamente y dejar el libro que lees para coger otro, porque simplemente te apetece cambiar de época y lugar. 

Sentarse tranquilamente porque las alubias ya están hirviendo a fuego bajo y aún falta un rato para que te pongas con los sacramentos. 

Sentarse tranquilamente y pensar que ahora te apetece ver un capítulo de esa serie que tanto te está gustando y que ya has empezado a dosificar. 

Sentarse tranquilamente y leer alguno de los mensajes que te han llegado preguntando ¿aún no te has aburrido? Y parece mentira que no te conozcan porque rara vez te aburres.

Sentarse tranquilamente y preguntarte, ¿pero qué día era hoy?

Sentarse tranquilamente y no hacer nada, porque a veces hacer cosas está sobrevalorado y las vacaciones están para volver como nueva de ellas. 


Mañana ya será lunes, disfruta de las últimas horas. 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Mirando las nubes pasar

He desactivado el despertador para una semana. Hacía semanas que lo tendría que haber hecho pero quién me iba a decir que llegaría el día que procrastinaría vacaciones. Y así, me encuentro en pleno noviembre, planeando una semana en el pueblo donde pasé los veranos de mi infancia, con cierto miedo a que no haya leña suficiente para este friolero cuerpo.

Sé que no me voy a aburrir, siempre tuve la sensación que me aburría más en una ciudad llena planes que en el pueblo donde cada uno se busca su quehacer. Será mi Heidi interior, que intenta rebelarse cada vez que me pongo colorete. Porque a veces, el mejor plan es pasarse dos horas haciendo el fuego del horno de leña, para que a final, te puedas comer una pizza. O que vengan unas amigas de visita y que el café tenga que ser de puchero. Todo ese rollo del hygge que ahora han puesto de moda los daneses.

Llevaré la maleta llena de jerseys y de libros que lo suyo me ha costado elegir. A día de hoy, sigo renegando del libro electrónico, creo que casi disfruto más eligiendo las lecturas y viendo el espacio físico que ocupan en mi vida, que después leyéndolas. Así, me voy con El corazón de los hombres de Nickolas Butler por la mitad y para empezar Detrás del hielo de Marcos Ordóñez, Un lugar pagano de Edna O'Brien y un punto de frikismo con Star Wars: Filosofía rebelde para una saga de culto de Carl Silvio y Tony M. Vinci. Será por horas de lectura. Si a esto le añadimos que llevo descargadas las primeras temporadas de Mindhunter y Vikings, el San Junipero de Black Mirror, los últimos tres capítulos que me quedan de Stranger Things y alguna que otra película que lleva meses pendiente, entretenida estaré.


Siete días por delante, con la única premisa de no tener obligaciones y dedicarme a ver la vida pasar. Como aquel señor de El Bosque Animado que cuando le preguntaban si no se aburría viviendo en el pueblo, que al menos en la ciudad te entretienes mirando la gente pasar, y contestaba que para qué quieres entretenerte mirando a la gente pasar si puedes estar mirando a las nubes pasar.

Renovada, pero volveré.

domingo, 29 de octubre de 2017

Cuando te dibujan



Cosas que tiene tener amigas que parecen haber salido del Renacimiento. Como Irati de letitare, que además de tener una marca de ropa espectacular, hace dibujos así de chulísimos que consiguen sacar la parte más narcisista de una misma.

Eskerrik asko, Irati!


P.D.: Por si en el post no se ve claro el enlace, aquí os lo vuelvo a repetir: www.letitare.com

domingo, 22 de octubre de 2017

Una niña de la Real

Últimamente, siempre me acuerdo de la misma anécdota: tendría yo unos once años cuando un día entre semana, la Real jugaba en San Mamés el ansiado derby. Mi madre, que por encima de cualquier afición veía la necesidad de que su hija fuera bien dormida al colegio la mañana siguiente, me mandó a la cama y aunque alguna protesta solté, obedecí con un plan B ya en la mente. Una vez en mi cama, con la puerta cerrada y a oscuras, salí sigilosamente para hacerme con mi walkman y girando la ruedita a la vieja usanza, sintonicé alguna de la de las emisoras que estaba dando el partido.

No sé cuánto tiempo estuve, diría que el partido ya estaba empezado cuando me puse a ello. Aún y todo, me pasé un buen rato con aquellos cascos grandes a medio poner, como si una locutora de radio fuera, por un oído escuchando el partido y con el otro fijo en el pasillo por si se acercaba mi madre, no fuera a oír algo. Y en esas andaba concentrada, cuando Idiaquez metió el definitivo 1-3 y no pude remediar algunos super silenciosos aspavientos entre sábanas, máxima expresión de alegría contenida. 

Este verano, me enteré de cierto cotilleos futbolísticos bastante fidedignos que hicieron tambalearse mi pasión. Sí, esa pasión que se supone es lo único que nunca cambia. Mi racional cabeza, intentaba encontrar alguna explicación a esos ramalazos tan irracionales, a veces tan en contra de mi voluntad, que me dan cada vez que la pelota empieza a rodar encima del césped. Hay tantos aspectos del fútbol moderno que no me gustan, que cada vez soy una sufridora más solitaria. Me aburre el negocio, muchos medios de comunicación, el bipartidismo derivado de las dos anteriores, la gente que en vez de disfrutar no hace más que quejarse, los jugadores que no se dan cuenta de que tienen un empleo demasiado remunerado... Y yo, que sigo siendo aquella niña a la que nunca llevaron a Atotxa, suspiro de nostalgia por ese fútbol que ya nunca volverá. 


En esas andaba cuando empezó la temporada presente, pensando en la pena que me dará si algún día dejo de ser socia de Anoeta pero siendo consciente de todo lo que apoyo con mi afiliación, cuando entré a un bar a por el bocadillo de turno para aquel partido de viernes noche. Mientras esperaba a pedir, me fijé en una madre y su hija que estaban un poco más adelante que yo, inmersas en el mismo cometido. La niña, que tendría unos 10 años, llevaba puesta la camiseta txuri-urdin y me di cuenta que enseguida se fijó en la bufanda que colgaba de mi bolso. Por lo bajini, le comentó algo a su madre mientras me señalaba con disimulo. 

El camarero me preguntó si iba al partido, me comentó a ver si ganábamos y seguramente hice tiempo mirando el móvil. Como la niña y su madre habían llegado antes, suyos fueron los primeros bocadillos que salieron y justo al pasar a mi lado cuando se iban, la niña, me miró con una mezcla de timidez y hermanamiento, y me soltó un agur con una leve sonrisa pizpireta en la cara. Yo le devolví el saludo con otra sonrisa, la mejor que tengo, y en ese preciso momento, me reconcilié con el fútbol. Por esa pasión compartida, por esas alegrías en plural que tanto merecen la pena. Porque en aquella niña vi mi yo de juventud, cuando cualquier cosa que implicaba blanco y azul me llenaba de emoción y nerviosismo. 

A ella, por mi parte le deseo que aprenda a disfrutar y a no sufrir demasiado. Que cada victoria le sirva para estar de mejor humor y cada derrota para ver cine y olvidar. Que tenga alguna celebración épica, da igual si es un segundo puesto, un cuarto o un ascenso. Que alguna vez a los dieciséis esté de farra, se encuentre con su jugador favorito en la cola del baño de algún bar y que no sea capaz de articular palabra. Que le tienten con algún viaje en autobús eterno, que acepte y pueda ver la cara que ponen los lugareños de allá donde vayan con alguna kalejira interminable. Aunque luego se pierda. Que alguna vez le inviten a una cena con Bixio y escuche embobada todas esas anécdotas que ella nunca vivió. 

Que sea una lección de vida de cómo disfrutar de las pequeñas hazañas.  

domingo, 15 de octubre de 2017

Mi olor a otoño

Adentrarse en un hayedo, con tonos verdes, amarillos y ocres, pisar suave, como sin querer enturbiar la paz que se respira, ese silencio ruidoso, con el ritmo marcado por las hojas balanceadas por el viento, mientras algunas caen y otras deciden esperar, cerrar los ojos y oler. Esa reconfortante mezcla de humedad, madera y viento sur, que te lleva a casa, a la infancia, donde los domingos otoñales eran para recoger castañas y comer pipas al rededor de una mesa con mantel de hule a cuadros rojos y blancos. Ese olor a otoño que tan lejos queda ahora de la rutina diaria. 


Después, llegar a la ciudad y que el pleno octubre siga oliendo a verano, a noches con la ventana abierta que se mezclan con la ausencia de un viento del norte que aún no llega. Esa falta de salitre en el ambiente. Un otoño atípico, en el que el bizcocho de jengibre y canela parece estar de sobra y el castañero fuera de sitio. Como si cada mañana el maravilloso olor a café diera un calor extra que no se necesita. 

Un otoño, el mío, en el que al menos ya huelo a sándalo, que como buen fiel compañero me reconforta y me activa con su aroma cálido y personal. Madera y más madera, simple, pura, a veces intensa, a veces fresca y a veces dicen que sensual. Uno de esos olores con los que a priori tampoco me identifiqué tanto, pero ahora siento como una segunda piel. Porque si a mi alrededor el otoño no huele, al menos que yo huela a otoño. 


domingo, 1 de octubre de 2017

Un puñado de cosas bonitas

Con el día tan gris que se nos ha puesto por delante, aquí van un puñado de cosas bonitas:

1.- Un jersey bien gordo que me acompañe cuando llegue el frío.
2.- Pendientes bonitos, vuelvo a sacar a la folclórica que hay en mí.
3.- Elegir motivos para las manualidades otoñales. 

4.- Han vuelto Fonda y Redford, juntos. Están en Netflix pero primero lee el libro de Nosotros en la noche de Kent Haruf, es tan bonito que luego disfrutarás el doble con la película.
5.- Flores hasta en la piel. 
6.- Cualquier foto con pinos y niebla, pocas debilidades tan grandes.
7.- Los domingos son para leer sin mirar al reloj.

8.- Plantas everywhere, eso siempre.
9.- Un bolso espectacular de terciopelo. Por si alguien me lo quiere regalar.
10. Ashley Graham. Esta mujer y su Instagram me tienen abducida.



P.D.: Sobre todas las cosas feas que están pasando hoy, sólo diré que la violencia nunca está justificada, y mucho menos contra la gente que no la está ejerciendo. A partir de ahí, que cada uno piense lo que quiera pero hablar siempre será la solución.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Volviendo a nuestro bar

No fue el primer bar al que empezamos a ir. ¿Tendríamos unos 20 años cuando nos asentamos en aquella esquina con vistas a la calle? Algo así.

Y allí pasaron nuestros viernes y nuestros sábados, con la teoría de para qué íbamos a ir a otro bar si por aquel ya pasaba todo aquel que quisiéramos ver. A veces más apretadas, otras haciéndonos dueñas de la pista, siempre pidiendo las mismas canciones con insistencia. Desde La chica ye ye que bailábamos en círculo alborotándonos el pelo, a cualquiera de aquel magnífico primer disco de Estopa que era la BSO de nuestros viajes por carretera, pasando por la ipurdiko pelotilla de Gozategi al Zorionak de Kaxiano que nos hacía arrejuntarnos al rededor de la cumpleañera estuviéramos donde estuviéramos como si de una llamada a la manada se tratase.

Vivimos las noches de karaoke, pasamos la escoba una vez que la persiana estuviera medio bajada y las luces encendidas y hasta diría que más de un matrimonio se cuajó allí mientras Nauzi (jefe en euskera) nos vigilaba detrás de la barra. Entre aquellas cuatro paredes, éramos las reinas del mundo. 

Empezaron a pasar los años y nuestras visitas fueron espaciándose en el tiempo. Trabajos, niñas, años... parece que llega un punto en el que todo pesa para que se alineen los astros. A veces, por nostalgia, he solido volver con otra gente, miento, he solido llevar a otra gente para ver si llegaba a sentir lo mismo, y no. 


Pero el otro día pasó, Saturno con Neptuno, Urano y Plutón (que al final, el pobre ¿es o no es planeta?). O mejor dicho, tuvimos boda de una de las nuestras y la celebración era demasiado cerca para no sentir la llamada. Durante el día no hablamos demasiado del tema, no fuera que nuestras expectativas no se fueran a cumplir. Además, sinceramente, lo estábamos pasando demasiado bien para acordarnos de ello. 

Una vez bien entrada la noche, después de haber estado un buen rato hablando con una jerezana encantadora sobre política y casi haber terminado en lágrimas emocionadas por lo bonito que era eso de entendernos hablando (con unos gin tonics encima habrá que poner también a aquellos que parecen no saber hacerlo), entré a la discoteca y el padre de la novia me soltó las palabras mágicas: Tus amigas han ido al Belfast

Y allí que me fui, sin poder evitar la sonrisa mientras me adentraba por las calles de la parte vieja. Al llegar, justo me encontré con uno de esos a los que tienes que escuchar por educación, hasta que X asomó la cabeza por la puerta y me gritó un "Maddalen, ¡estamos aquí!" que en cuanto me acerqué se convirtió en un "¿De buena te he librado, eh?". Y así entré, con la sensación de que estar dando la vuelta de la victoria con tocado floral en la cabeza incluido. X contándome que I había llegado soltando un "¡Nauzi! ¡Ponnos todas! ¡Una detrás de otra!" y que al poco ya estaba sonando todo el repertorio de Estopa. Me acerqué a la barra mientras veía que Z también andaba por allí a pedir lo siguiente que intentaría beber cuando Nauzi me soltó un "¿y tú dónde andabas?" "En el Gu..." "Pero qué hacías en el Gu..." y cómo explicarle con el ruido que había que yo tampoco lo tenía muy claro qué hacía sin estar allí, que aquél era mi sitio.

Por un rato, no recuerdo exactamente cuánto fue porque no duró mucho, volvimos a ser las dueñas de nuestro bar. Y aunque no estábamos todas, sentíamos que lo estábamos disfrutando también por las que faltaban, para que estuvieran orgullosas de nosotras. 

Espero que el futuro nos tenga guardado alguna que otra noche como aquella. Tampoco le pido mucho, sólo alguna que otra que llegue de improvisto para grabarse en nuestras memorias. 

Guregatik, nexkak.


P.D.: El post estaba escrito desde hace unos días y justo cuando iba a ver la luz, se ha ido uno de esos grandes hombres que han pasado la vida detrás de la barra haciendo de sus bares templos de peregrinación y alegrando el día a día a todo aquel que entraba. Que sirva este post como homenaje a él y tantos otros. 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Reflexiones sobre mi armario

El otro día hice el cambio de armario por la necesidad imperiosa de ver con qué arsenal de ropa con la que cuento para afrontar el frío antes de empezar a planear mis futuras compras. Algunas me llamaron exagerada, me dijeron que aún queda verano. No les quise llamar ilusos pero allá cada cual con sus creencias.

Y yo cada vez creo más en no comprar por comprar, sino en comprar por amor o por necesidad. En llenar el armario de aquellas prendas que me quiten la respiración cuando las vea y me hacen sentir un poco más Diosa cuando me las ponga. En primer lugar estudiar lo que tengo y sus posibilidades, para luego trazar una ruta de futuras adquisiciones.


Sin necesidad de atarme a un Capsule Wardrobe, tener sólo lo que realmente me muero por tener, porque los años me han enseñado que de aquello que me apasionó, no me suelo aburrir. Meter en cajas aquello que no va con la temperatura exterior para que al pasar los meses y vuelva su estación, me haga la misma ilusión del principio. Tener mis colores pero cambiarlos un poco cada temporada para no aburrirme.

Ser exigente y al ver algo que me gusta, pensar por inercia si ya tengo algo parecido y combinaciones varias que le hagan ganar a pulso su privilegiada percha. Perder el tiempo en tiendas online para llegado el momento, hacerme con la mejor opción. Cuidarme, mimarme y perfumarme, tener a mano mi rojo favorito de labios para poder verme siempre resplandeciente. 

En definitiva, tenerlo todo preparado para no saber qué es ese miedo atroz de no tengo nada que ponerme.