domingo, 1 de abril de 2018

Todo al amarillo

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Leyendo el libro Cómo ser mujer de Caitlin Moran, de todo lo que decía lo que más se grabó en mi mente fue el consejo de tener un par de zapatos amarillos en el armario porque de manera sorprendente, combinan con todo. Una vez se lo comenté a mi hermana y me dijo a ver si no había visto a Moran, a ver si en serio me iba a fiar de un consejo estilístico salido de su boca. Pero yo llevo tiempo dándole vueltas y creo que esta primera me lanzo a ello. 

lunes, 5 de marzo de 2018

Sobre los Oscar de anoche

Ayer me quedé despierta hasta las seis de la mañana de hoy. Por mucho que llevara dos noches con el sueño cortado (ya se sabe que a estas edades como te desmelenes un poco al día siguiente lo pagas caro), me pareció que a mi yo de quince años se lo debía. Porque hubo una época de mi vida, que la noche de los Oscar me parecía una de las más transcendentales del año y a la mañana siguiente me despertaba antes de la hora prevista con una ilusión mayor que si hubieran venido los Reyes para conocer cuales habían sido los ganadores. Creo recordar que antes la gala sería un poco más tarde, porque hacía las 07:25, solía anunciar el directo por la radio cuál había sido la película ganadora y me encantaba esa sensación de simultaneidad con cambio horario incluido.

Siempre soñé con poder ver la gala en directo, pero en casa no teníamos Canal+ y esto de internet apenas existía por aquel entonces. Recuerdo que soñaba con que algún año coincidiera con Carnavales, porque entonces se daría el caso de que me podría quedar en casa de mi tía en Tolosa a dormir y alegar algún malestar descompasado para que ¡ups!, no salir de fiesta y pasarme la noche delante de la televisión. Porque sí, ellas sí tenían Canal+. 

Desde entonces, lunes de universidad o lunes trabajando, y no sé si alguna vez lo he comentado pero soy bastante mala persona cuando tengo sueño por lo que nunca me había permitido el gusto. Pero este año tocaba que el lunes tenía fiesta y que además había hecho los deberes viendo casi todas las películas por lo que tenía que hacerlo, igual que una vez pisé la ruta 66, tenía que ver la gala de los Oscar en directo por una vez en la vida.

Y digo una vez en la vida porque no creo que se repita. Tampoco es que me aburriera, de hecho se me hizo bastante amena entre la alfombra roja de People y la retransmisión de Movistal+ (quitando algún que otro comentario innecesario e inapropiado de estos últimos), pero será que se me chafó todo con la película ganadora porque qué sueño y qué mal cuerpo tengo hoy. 

Como he dicho, había hecho los deberes, tenía mis favoritas y entre todas se alzaba Three Billboards Outside Ebbing, Missouri. Por no hablar de que por muy bien que me caiga Guillermo del Toro, su hombre anfibio me aburrió tanto que me pasé al última hora en el cine mirando al reloj todo el rato. Si hubiera tenido al simpático de Guillermo al lado, hubiera sido la pesada del ¿cuánto falta? cada cinco minutos. Pero muy a mi pesar tenía la corazonada de que iba a ganar, tengo testigos.

Pero vayamos por partes, aunque tampoco es que tenga nada más que discutir sobre el resto de los premios. Con los técnicos no me meto porque sinceramente, poca idea puedo tener si el sonido de Dunkirk estaba bien mezclado o no. Sólo diré que lo mejor de Blade Runner 2049 me pareció su fotografía por lo que estoy encantada de que Roger Deakins se llevara el premio. Y teniendo en cuenta que Coco me parece la mejor película del año, daba por sentado que ganaría en las dos que optaba por lo que casi ni aplaudí al escuchar los nombres. 

También estoy encantada con las cuatro interpretaciones, con cierta pena de que la Tonya Harding de Margot Robbie hay tenido que coincidir con ese portento de Mildred Hayes de Frances McDormand, porque si no, me hubiera hecho ilusión que el trabajazo de Robbie se hubiera visto reconocido. ¿Qué Gary Oldman nunca había ganado un Oscar? Así es, por lo que todo correcto, que Daniel Day Lewis ya se llevo uno inmerecido por Lincoln el año que competía con Joaquin Phoenix por The Master (puede que esta fuera la mayor indignación que tenía hasta ahora) y me pondré condescendiente diciendo que Timothée Chalamet tiene años por delante para hacerse con uno. Ante los dos premios de interpretaciones secundarias, solo me queda quitarme el sombrero, levantarme y aplaudir.


El año pasado el susto fue tremendo cuando La La Land no se hizo con la estatuilla a la Mejor Película. Amo La La Land de una manera sobre humana, pero hubo una parte de mí que se alegró de que premiaran Moonlight y todo lo que ello conllevaba, por mucho que La La Land me pareciera una película mucho más redonda e inolvidable. Pero este año no lo entiendo y cuanto más tiempo pasa, más me estoy indignando. La Forma del Agua me parece tan poco original, tan vista, tan previsible y tan ñoña (y lo dice la reina pastelera), que hasta su preciosa estética en tonos verdes (tan Amelie, por cierto), queda totalmente deslucida. Y por el contrario, Three Billboards Outside Ebbing, Missouri me perece que consigue cosas tan difíciles como enseñarnos todos los matices que puede haber entre el bien y el mal o hacernos reír con un cúmulo de desgracias en el hilo narrativo y sin caer en la desfachatez, que me parece una película tan necesaria como admirable. Pero supongo que será cuestión de gustos y que al que no lo ve, no lo convenceré yo. 

Pero dejando el cabreo de lado, diré que me encantó el vestido de Nichole Kidman, el traje de Armie Hammer y James Ivory y su camisa, que me enamoré una vez más de Jane Fonda y Helen Mirren (en serio, ¿cuál es número de Lucifer para envejecer así?), que he visto el speech de Frances McDormand como cinco veces y que he llorado en todas, que a Jimmy Kimmel le damos un notable y que qué maravilla de parejas las formadas por Maya Rudolph y Paul Thomas Anderson y Phoebe Waller-Bridge y Martin McDonagh. 


Y sobre todo diré que realmente parece que las cosas están cambiando, que parece que estamos avanzando hacia una sociedad más reivindicativa, más igualitaria y más inclusiva, y que a mí todo esto me emociona mucho

Por cierto, el jueves, 8 de marzo, nosotras paramos

domingo, 25 de febrero de 2018

El día que fui la única chica en levantar el brazo

De todo lo que he hecho en la vida, de lo que más orgullosa me siento es de aquella vez que quedé campeona de mus de mi Ikastola (bueno de toda la Ikastola tampoco pero me sirvió igual). No lo hice sola, tuve de pareja a uno de mis mejores amigos de la infancia que aún hoy aparece en la tienda para que nos vayamos a andar mientras le damos al pico y arreglamos el mundo. Pero aquella vez fue la suerte la que nos puso juntos. 

Los 3 de diciembre, San Francisco Javier, se celebra el día del euskara y en nuestra Ikastola siempre era un día esperado porque había juegos y competiciones entre clases. Aquel campeonato de mus fue uno de los juegos del año que estábamos en primero de bachiller, ¿o era tercero de la ESO? Recuerdo que nos tocaba jugar contra los mayores. Mi épica personal empezó cuando dijeron que levantáramos la mano quienes quisiéramos representar a nuestra clase y me vi como la única chica que quería hacerlo. Había levantadas unos doce brazos masculinos y el mío. En ese momento ya tuve que escuchar algunos (varios, demasiados) “buah, Marzol, ¿pero tú qué sabes?”, a los que no recuerdo haber respondido con algo más que unos ojos en blanco. No sé si en mi vida he tenido más suerte que aquel día, porque no sólo me tocó a mí en el sorteo, es que el azar quiso que el otro elegido fuera mi amigo, uno de los muy pocos que no me había increpado (quiero pensar que tampoco se le había pasado por la cabeza) y sin duda, con el que más me apetecía formar pareja.

Los días siguientes al sorteo y previos al gran día, tuve más comentarios sobre la poca confianza que tenían en mis facultades por el mero hecho de ser una chica, aunque lejos de sentirme mal, cada comentario me llenaba más de cierto espíritu muy rollo Xena la princesa guerrera. Ahora hubiera sido Aria o la madre de dragones la que me hubieran venido a la mente pero entonces, con Xena íbamos que chutábamos.

Y llegó el día, y ganamos. Apenas dos partidas pero ganamos. Primero contra los de un año mayor que aquello me pareció increíble y luego contra los de la otra clase de nuestro mismo curso. Recuerdo que me entendía de maravilla con mi pareja (siempre lo hemos hecho), cosa que favoreció muchísimo a nuestras victorias y recuerdo también estar rodeada por aquellos chicos que no daban un duro por mí, mientras juzgaban cada una de mis jugadas. Oh, sí, la sonrisa que les dediqué a cada uno de ellos cuando me levanté una vez conseguida la victoria, diría que ha sido la más satisfactoria de toda mi vida. Hala, ahora vas y me dices algo.

El otro día fui a ver The Post, con eso de que este año me he puesto las pilas con el cine y los nominados a los Oscar y que me reconcilié con Spielberg y Hanks en El puente de los espías, lo cogí con ganas. Y la película bastante bien, y Streep maravillosa, as always, en el papel de la gran Katharine Graham, rodeada de hombres y haciéndoles callar sin levantar la voz. Esas reuniones en donde la cámara pasa por cada hombre en la sala hasta llegar a ella, la llegada a Wall Street y la escena final cuando sale del juzgado, que dicen tanto con el mínimo discurso. Me hizo recordar también ese gran personaje de Philipp Meyer en El hijo, Jeannie McCullough, heredera de un imperio petrolero y alzando la cabeza en los ¿años 60? en otro entorno totalmente dominado por hombres.

Fuente: Vogue

Estoy lejos de querer compararme con tantas y tantas mujeres que han conseguido que nosotras hoy podamos aspirar a más o menos lo que queramos, pero me gusta pensar que por cada vez que he levantado el brazo cuando era la única chica, ha servido para que alguien cambie un poco su visión de este mundo y podamos luchar todos juntos por un mundo en el que no haya una niña (ni un niño) que no pueda vivir como quiera. 

domingo, 11 de febrero de 2018

Un tocador para el futuro

Comparto piso con dos chicas maravillosas que han sido mi anclaje en los últimos dos años y medio, justo cuando más lo necesitaba. Con ellas he hecho del desayuno del domingo un ritual, de las sesiones de cine un juego de azar y del sofá de casa el mejor bar para echarnos unas risas. 

Nuestra casa está bien, vivimos en una ubicación inmejorable, uno en el que nunca pensé que llegaría a vivir, somos limpias, silenciosas y llevamos a fuego eso de vive y deja vivir. 

Los días de verano duermo con la ventana que hay encima de mi cama abierta de par en par mientras la brisa nocturna acaricia mi cara y hacia las 23:00h, se ve la luna desde ella. Cuando llueve, el repiqueteo en el patio me relaja y apenas se oyen coches aún viviendo en el centro de la ciudad. 

Pero sabemos que nuestra idílica convivencia no será para siempre, que nuestras vidas no estarán sincronizadas de por vida (hasta tenemos a un Yoko en Boston). Y con lo bien que he vivido, le tengo ciento pánico escénico al día en que todo esto se acabe. Quizá poniéndolo en palabras se vaya evaporando poco a poco.

Pero a todo hay que buscarle su lado positivo y quizá mi futura habitación o futura casa sea más grande que el espacio propio que tengo ahora. Quizá, por fin pueda empezar seriamente a coleccionar ejemplares de Jane Eyre y dedicarles una balda entera. Quizá, esa futura casa tendrá un balcón donde poner muchos geranios y alguna que otra hortaliza. Puede, que también haya espacio para recuperar del garaje el antiguo tocadiscos de la casa de mis padres y traerme los viejos vinilos de Leonard Cohen y los Beatles

Pero si hoy he empezado a escribir sobre esto es por este tocador que ha aparecido ante mis ojos que ahora necesito tener en algún rincón de la casa. Y claro, ahora mismo no tengo sitio.



miércoles, 31 de enero de 2018

Por lo menos hasta el viernes

Un día, después de un partido Real Sociedad-Real Madrid en Anoeta, mientras desayunábamos con vistas al mar disfrutando del sol que le había  regalado a su visita, nuestro querido Javier Aznar me preguntaba cómo era posible que con el resultado que lucía el marcador (¿era un un 0-4?) la grada hubiera terminado el partido coreando a su equipo como en la mayor de las victorias. Por mi parte le contesté que era lo único que nos quedaba, el amor por unos colores. En el verde, vistiendo la camiseta del equipo contrario, estaban Xabi Alonso y Asier Illarramendi y aquellos cánticos eran la única manera que tenían los aficionados de enseñarles que había algo que el dinero no podía pagar y que aunque sólo fuera ese pequeño detalle, se lo estaban perdiendo en su gran aventura. 

En este asunto del fútbol donde todo se ha vuelto tan tangible, a los últimos románticos que quedamos nos sigue haciendo ilusión esa chispas de magia y de respeto. Soy esa tonta que se emociona cada vez que Griezmann no celebra un gol que nos marca.

Una de esas sillas, la mía. 


Sin embargo, el fútbol, sus clubes y sus jugadores, se encargan bien de recordarnos que ese romanticismo está agonizando, nos dan una cachetada en la cara a modo de advertencia de “eh, ese deporte por el que suspiras, no va a volver”.

Y aún y todo, cuando vuelve a pasar duele. En esta ocasión no tanto por quién lo ha hecho sino por el cuándo, cómo y a dónde. Porque saltar del barco el primero cuando se ha empezado a hundir un poco para resguardarte en el jardín del vecino, es un poco feo. A mí me da que es lo que hubiera hecho el marido de Rose en Titanic.

Sacudo la cabeza para dejar de divagar y razonar un poco. Porque no vale el dinero que nos han pagado, menos en este año que anda lejos de su mejor versión, y realmente tengo la sensación de que en eso de la oferta y la demanda, hemos salido ganando. Pero el orgullo herido duele. Aunque sea un poco. Por lo menos hasta el viernes.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Mis lecturas favoritas de 2017

Último día del año y parece que esta vez haré a tiempo la lista de las mejores lecturas. La reflexión me pilla en medio del reto de pasarme dos meses sin comprar un libro y por ahora voy aguantando, más de la mitad ya. Lo hice por dos razones: la primera, porque en casa tengo tal cúmulo de libros por leer que hasta me empecé a agobiar; y la segunda, porque me causaba cierta ansiedad el reto y nadie daba un duro por mí. A que no hay ovarios.

Me he dado cuenta que me había convertido en una lectora constantemente insatisfecha que tiene el recelo de que el libro que esta esperando siempre es mejor que el que está en las manos y así, leer era una especie de tarea que simplemente me llevaría al siguiente libro. Ser productiva dejando de lado parcialmente aquella fascinación adolescente que me hacía meterme a la cama antes para regocijarme en todo el tiempo de lectura que tenía por delante.

Pero entre estos dilemas morales, he disfrutado bastante de la lectura, he leído libros que no me importaría volver a leer y alguno incluso lo metería en mis favoritísimos. Aquí van, con un orden más o menos inverso:

-La uruguaya de Pedro Mairal (Libros del Asteroide)

Una de esas joyas que te llega sin querer y que luego recuerdas de vez en cuando. Tampoco se me hace tan fácil decir por qué me gustó, tuvo el poder de hipnotizarme y enamorarme de la manera menos racional.


-El intérprete del dolor de Jhumpa Lahiri (Salamandra)

Lahiri se ganó a pulso ser una autora a la que siempre volver con el primer libro suyo que leí, Tierra Desacostumbrada. Con La Hondonada ya me volví fan fatale y este último que he leído, que realmente es el primero que escribió, me ha recordado el por qué de tanta pasión. Jhumpa Lahiri tiene una habilidad excepcional para retratar los dilemas cotidianos del deber y el querer y como todas esas pequeñas decisiones componen lo que somos, una identidad con miles de matices, a veces contradictorios, a veces compatibles.


-Medio sol amarillo de Chimamanda Ngozi Adichie (Random House)

Sobre Ngozi Adichie poco me queda por escribir que no haya gritado ya a los cuatro vientos. Ella, en todo su ser, es una de las principales Diosas de mi religión, representa casi todo en lo que creo en esta vida y sus libros siempre serán biblias para mí. Medio sol amarillo es una historia tan dura como corriente, porque aquí es Nigeria la que está en guerra pero podría ser cualquier otro lugar. Como seguir adelante, o simplemente como vivir cuanto todo se está destruyendo a tu alrededor, mientras mantienes la esperanza de que esa destrucción a la vez es la construcción de algo mejor.


-El hijo de Philipp Meyer (Random House)

Una de esas grandes novelas americanas que pasan a los anales de la historia. Saga familiar magistralmente relatada por tres protagonistas de diferentes generaciones, con párrafos y páginas para enmarcar. Vaqueros, indios, petróleo... y hasta una mujer ejemplar abriéndonos el camino a las que vendríamos por detrás. Novelón al canto con el que disfrutar horas. 


-El año del pensamiento mágico de Joan Didion (Random House)

Siempre he pensado que es un lujo aprender de las grandes mentes y pocas cosas me parecen más difíciles que aprender a sobrellevar el dolor de una pérdida. Así, intento empaparme de pensamientos tan mágicos como los de Didion, que en este regalo de libro nos relata el año siguiente a la muerte de su marido. Triste, sí, pero también esperanzador, de cómo seguir adelante en la vida hasta cuando sientes la pérdida del mayor de los cimientos. Porque la meta final siempre será recordar con una sonrisa a los que ya no están. 



-Nosotros en la noche de Kent Haruf (Random House)

Los dos, rondando los 70, viudos y vecinos. Una noche, ella toca el timbre de su casa y él le invita a pasar. Se conocen de vista, algún trato han tenido, pero nunca intimando demasiado. Ahora, ella tiene una propuesta que hacerle: dormir juntos cada noche, simplemente tumbarse en la cama uno al lado del otro y dormir. Porque las noches son lo más solitario del día y siempre es reconfortante escuchar la respiración de alguien más. 


-Ciudadanos particulares de Tony Tulathimutte (Alba Contemporánea)

La trillada temática de jóvenes que han terminado sus estudios y están buscando su camino en la vida porque se dan cuenta que no están en el sitio donde pensaban estar adquiere aquí otra dimensión. Tulathimutte crea unos personajes de manera poliédrica, sin dejarse ni una cara, ni una arista ni un vértice. Imposible no sentirte identificado en lo perdidos que se sienten intentando entender cómo gira el mundo y queriendo subirse a él. 


-Una Madre de Alejandro Palomas (Nuevos Tiempos Siruela)

Mi libro de transición del 2016 al 2017, que es cuando lo terminé y por eso cuenta, y fue especialmente acertada la elección de leerla en época Navideña porque el libro justo pasa entonces, cuando una familia algo atípica (como todas) se junta para celebrar la Nochevieja alrededor de una mesa. Hablando de los que faltan, los que vuelven y los que siempre están, contando los dramas desde una perspectiva llena de humor y ternura, me hizo reír y llorar casi a cada página.


-Piscinas vacías de Laura Ferrero (Alfaguara)

A Ferrero la tenía pendiente desde hace meses y al final la cogí por banda intrigada por tanta crítica excelente. Y como en muy pocas ocasiones pasa, las expectativas se vieron superadas por creces. Piscinas vacías en un cúmulo de pequeñas grandes historias, afiladas como puñales, que se te meten dentro. Tan dentro, que pocas veces pude leer dos seguidas, porque cada vez que terminaba una, el cuerpo me pedía parar a regocijarme y a darle ciertas vueltas a la cabeza. Justo ahora estoy con Qué vas a hacer con el resto de tu vida y no me sorprendería si al finalizar 2018 está en esta misma lista. 


-Tierra de Campos de David Trueba (Alfaguara)

Trueba escribe para mí, ahí juega con ventaja y no puedo ser imparcial. Tierra de Campos me entusiasmó de tal manera que pasó directamente a la estantería de mis libros favoritos y ahí sigue, enmarcado en mi recuerdo, con las ganas de releerlo otra vez. Y lo cierto es que me gustó tanto, que me cuesta explicar con palabras el porqué. Lo único que puedo decir es que es Trueba, y Trueba siempre es bien y casi siempre es maravilloso. 


Sigamos leyendo en el 2018.

Urte berri on!


domingo, 10 de diciembre de 2017

La lección que nos está dando OT

Empecé sin ninguna intención. Vimos la repetición de la Gala0 con cierta curiosidad, nostalgia y la sensación de que estábamos viendo algo que no nos correspondía, que esta edición de Operación Triunfo ya no era para nosotras, porque nosotras ya habíamos tenido nuestra edición y ahora ya estábamos mayores.

Luego hubo una canción que quise ver en la Gala1, Los Ronaldos molándolo todo en la voz de dos concursantes que lo hacían bastante bien, pero el apoteosis llegó en la Gala3: City of Stars. La La Land, mi gran obsesión de este 2017 saltaba a la palestra una vez más. Empecé a cotillear los ensayos y ¿qué era ésto? ¿iban a tocar el piano ellos mismos? Y qué bien lo hicieron además. Ahí ya me aprendí bien los nombres de Amaia y Alfred, y también los de Aitana y Cepeda, y cuanto más veía, más nombres me aprendía y más quería seguir viendo. 

Llegaron también las clases de los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, la pareja de moda por Paquita Salas y La Llamada, y gracias a ellos y a otra concursante, Marina, hubo una master class espectacular sobre orientación y género sexual que se debería emitir en todos los colegios. Aunque el mayor hito fue cuando la propia Marina, declarada bisexual, se dio un simple beso con su novio trans en plena prime time de la televisión pública. Cómete esa, Hazte Oír. 

Los Javis ilustrados por Pablo Bianco

Mientras, Alfred seguía paseándose por la academia con una camiseta que ponía feminist y pedía que hiciéramos donaciones a una ONG que ayuda a los refugiados porque el Gobierno Español apenas ha llegado a acoger al 11% de lo pactado. Amaia, seguía tocando el piano y la guitarra a todas horas, demostrando una cultura, un gusto y una sabiduría musical para enmarcar en una chica de 18 años. Salió también Ana Guerra, leyéndole la cartilla a Cepeda por escandalizarse al tener que besar a un chico y dedicando su canción (himno para estas alturas) La Bikina, a todas las supervivientes de la violencia de género. Nerea hablando del problema que tiene con su dentadura y de cómo superó su complejo con una madurez pasmosa. Y otra vez Alfred, respondiendo con naturalidad a la pregunta de Ana Guerra de si le gustaría que una mujer levantara el brazo y tuviera pelo en el sobaco: "A mí me gusta lo que me gusta, me gusta la mujer en sí. Si es una persona bella, es una persona bella. Si te gustan las mujeres y no te gusta el pelo, tienes un problema, porque las mujeres tienen pelo."

Y así, me he ido enganchando semana tras semana un poco más a estos chavales. Hasta el punto de que sigo el 24h en mis ratos libres, me he bajado la aplicación para votar y hace varias semanas que alardeo a los cuatro vientos mi fanatismo. He llegado a tal punto, que el otro día a los de mi club de lectura les recomendé que lo vieran mientras que todos me miraban con cara de pero ésta qué se ha fumado. 

Supongo que la educadora que guardé dentro de mí es la que se da cuenta lo valioso que es que haya una generación de adolescentes que tenga a estos triunfitos como referentes. Cuántas chicas habrá que verán gracias a Alfred, que el chico que les gusta no tiene derecho de ser un gilipollas con ellas. Me parecería maravilloso aunque sólo fuera una la que manda a paseo a algún impresentable. Que vean que los chicos a los que idolatran, han estudiado y trabajado mucho para cumplir sus sueños. Que aunque en su entorno escuchen comentarios negativos, es lo más normal del mundo besarte con quien te dé la gana sin que te lo impida su aspecto o lo que lleva entre las piernas. 

Toda esta cultura en la televisión de hoy en día es una joya. 

Por lo que larga vida a Amaia Primera de España y quinta de Alemania y a todos sus compañeros. 

Fan total de esta ilustración de Pablo Bianco


P.D.: Y Roi, que yo soy muy fan de Roi y de su sapoconcho.