Esta semana me han pasado cosas chulísimas. Desde seguir preparando una cata de perfumes con libros que vamos a hacer en la librería Garoa en 30 de diciembre, a la charla que di sobre mis blogs en la Sede Keler el miércoles invitada por On Egon. Fue un auténtico placer.
Pero mientras andaba entre tanto ajetreo, yo tenía otra preocupación en la cabeza. Espero que pronto me llegue mi abrigo de leopardo de Asos y no quiero parecer una Cruella de Vil con él. Por eso, también me he dedicado a buscar inspiración sobre el tema.
Está claro que la clave es contrastarlo con prendas informales, aunque me hacen gracia todas esas zapatillas sin calcetines. Muy monas pero menuda rasca.
¡Besos!
viernes, 12 de diciembre de 2014
lunes, 8 de diciembre de 2014
Sobre cuestionarlos la felicidad
El otro día, reparé en un cuaderno que hace unos años me regaló una muy buena amiga con una preciosa dedicatoria. En ella me decía que el cuaderno le había recordado a mí y me animaba a seguir escribiendo.
Decidí, que lo utilizaría para copiar a mano aquellas partes que más me gustaran de los libros que leyera, sabía que mi amiga estaría contenta con aquel uso. No sé si al final se lo comenté o si se estará enterando ahora con estas líneas.
La historia es que cuando vi el cuaderno en el estante hace unos días, me acordé que hacía mucho que no apuntaba nada allí, al principio por vagancia y después por puro olvido, y que tenía que retomar aquella costumbre. Es bonito volver a emocionarse con las mismas palabras que lo hicieron en su día.
Así, empecé a leer aquellos párrafos escritos hace tiempo y me encontré con uno del libro Los Recuerdos de David Foenkinos que no recordaba:
"En el fondo, así ocurrieron las cosas en el siglo XX: primero fue el nacimiento de la felicidad; en todo caso, el derecho a la felicidad y el acceso al ocio y a las vacaciones pagadas. Eso era en la década de 1930, cuando el Front Populaire. Después, pasamos a la segunda etapa de nuestra progresión; una etapa que podemos llamar el derecho a la insatisfacción. Apareció en la década de 1970, con la legalización del aborto, y del divorcio, por supuesto. Se tiende a olvidad que el adulterio estaba prohibido por ley hasta 1975. Adquirimos así el derecho a juzgar nuestra felicidad. Y ahora estamos en la tercera etapa, quizá la más dolorosa: la de la duda permanente. Tenemos la felicidad, tenemos el derecho de no estar satisfecho de esa felicidad, por lo que se nos abre una multiplicidad de caminos. ¿Cuál debemos tomar?"
No me acordaba de este párrafo pero qué bueno me sigue pareciendo. Foenkinos, aunque no cuente grandes historias en sus libros, siempre tiene la habilidad de poner por escrito lo que los demás no nos damos cuenta que pensamos. Esa duda permanente de si seremos lo suficientemente felices.
¡Besos!
Decidí, que lo utilizaría para copiar a mano aquellas partes que más me gustaran de los libros que leyera, sabía que mi amiga estaría contenta con aquel uso. No sé si al final se lo comenté o si se estará enterando ahora con estas líneas.
La historia es que cuando vi el cuaderno en el estante hace unos días, me acordé que hacía mucho que no apuntaba nada allí, al principio por vagancia y después por puro olvido, y que tenía que retomar aquella costumbre. Es bonito volver a emocionarse con las mismas palabras que lo hicieron en su día.
Así, empecé a leer aquellos párrafos escritos hace tiempo y me encontré con uno del libro Los Recuerdos de David Foenkinos que no recordaba:
"En el fondo, así ocurrieron las cosas en el siglo XX: primero fue el nacimiento de la felicidad; en todo caso, el derecho a la felicidad y el acceso al ocio y a las vacaciones pagadas. Eso era en la década de 1930, cuando el Front Populaire. Después, pasamos a la segunda etapa de nuestra progresión; una etapa que podemos llamar el derecho a la insatisfacción. Apareció en la década de 1970, con la legalización del aborto, y del divorcio, por supuesto. Se tiende a olvidad que el adulterio estaba prohibido por ley hasta 1975. Adquirimos así el derecho a juzgar nuestra felicidad. Y ahora estamos en la tercera etapa, quizá la más dolorosa: la de la duda permanente. Tenemos la felicidad, tenemos el derecho de no estar satisfecho de esa felicidad, por lo que se nos abre una multiplicidad de caminos. ¿Cuál debemos tomar?"
No me acordaba de este párrafo pero qué bueno me sigue pareciendo. Foenkinos, aunque no cuente grandes historias en sus libros, siempre tiene la habilidad de poner por escrito lo que los demás no nos damos cuenta que pensamos. Esa duda permanente de si seremos lo suficientemente felices.
¡Besos!
viernes, 5 de diciembre de 2014
Friday Night Fever
Dicen que los viernes noche son para cometer locuras. O puede que me lo haya inventado yo. Lo cierto es que con el frío que hace en la calle y lo mucho que estoy hibernando últimamente, mis locuras se reducen a las cuatro paredes de la casa donde vivo.
¿Cuándo empecé a querer un abrigo de pelo de leopardo en silencio? Ya ni me acuerdo. Supongo que hace un par de años. Pero como ya tenía el otro abrigo de pelo bicolor, me negaba a caer en las redes de más pelo sintético. Al final, el tiempo esperado no ha hecho más que incrementar mis ansias de tenerlo.
El plan A fue preguntarle a mi hermana a ver si utilizaba el que nuestra madre me compró en Primark hace un tiempo y que ella se llevó a Barcelona después de que yo dijera que tenía suficiente con el bicolor peludo. La respuesta de mi hermana fue para enmarcar: "Me lo pongo para estar en casa. Es tan caliente y me siento tan diva..." Así. Con eso se supone que comparto genes. Por suerte, le pareció razonable que yo lo quisiera para andar por la calle así que aprovechando que venía a pasar unos días se lo trajo en la maleta. Hoy he ido a visitarla a casa y me la he encontrado desayunando enfundada en el abrigo. Según ella, disfrutando de los últimos momentos con él. Aunque al probármelo delante del espejo no ha resultado lo que yo imaginaba. Demasiado oscuro, demasiado peluche. Vuelta a devolverle a mi hermana lo que era suyo.
Y así me he plantado, el viernes a la noche, aguantándome las ganas de hacerme con un abrigo de leopardo y de mi sesión anual de Mientras Dormías. Lo primero, porque mi parte racional me decía que ya volví de Madrid con un abrigo nuevo que no me quito de encima y porque las rebajas están a la vuelta de la esquina (aunque soy de esas mujeres que viven con miedo de que justo lo que les gusta no va a llegar a enero). Lo segundo, porque siempre hago lo mismo, veo la que es mi película navideña favorita a principios de diciembre (por no decir a últimos de noviembre, este año superé la prueba) y luego me paso todas las Navidades con ganas de volver a verla y autoimponiéndome la ridícula ley de no repetir. Creo que este año la ley va a ser abrogada.
Por lo que tenía dos opciones, no comprar el abrigo y seguir viendo capítulos de The Good Wife como una loca, o comprarme ese precioso abrigo de leopardo que me estaba esperando en Asos (en serio, ¿qué haría sin esta tienda?) y disfrutar de la mirada de Bill Pullman. Soy débil ante las tentaciones y bastante tengo con seguir la dieta de June estrictamente por lo que... click, click y a disfrutar.
Qué disfrutéis de estos deliciosos tres domingos y de sus desayunos. Mi viernes noche no podría empezar mejor.
¡Besos!
¿Cuándo empecé a querer un abrigo de pelo de leopardo en silencio? Ya ni me acuerdo. Supongo que hace un par de años. Pero como ya tenía el otro abrigo de pelo bicolor, me negaba a caer en las redes de más pelo sintético. Al final, el tiempo esperado no ha hecho más que incrementar mis ansias de tenerlo.
El plan A fue preguntarle a mi hermana a ver si utilizaba el que nuestra madre me compró en Primark hace un tiempo y que ella se llevó a Barcelona después de que yo dijera que tenía suficiente con el bicolor peludo. La respuesta de mi hermana fue para enmarcar: "Me lo pongo para estar en casa. Es tan caliente y me siento tan diva..." Así. Con eso se supone que comparto genes. Por suerte, le pareció razonable que yo lo quisiera para andar por la calle así que aprovechando que venía a pasar unos días se lo trajo en la maleta. Hoy he ido a visitarla a casa y me la he encontrado desayunando enfundada en el abrigo. Según ella, disfrutando de los últimos momentos con él. Aunque al probármelo delante del espejo no ha resultado lo que yo imaginaba. Demasiado oscuro, demasiado peluche. Vuelta a devolverle a mi hermana lo que era suyo.
Y así me he plantado, el viernes a la noche, aguantándome las ganas de hacerme con un abrigo de leopardo y de mi sesión anual de Mientras Dormías. Lo primero, porque mi parte racional me decía que ya volví de Madrid con un abrigo nuevo que no me quito de encima y porque las rebajas están a la vuelta de la esquina (aunque soy de esas mujeres que viven con miedo de que justo lo que les gusta no va a llegar a enero). Lo segundo, porque siempre hago lo mismo, veo la que es mi película navideña favorita a principios de diciembre (por no decir a últimos de noviembre, este año superé la prueba) y luego me paso todas las Navidades con ganas de volver a verla y autoimponiéndome la ridícula ley de no repetir. Creo que este año la ley va a ser abrogada.
Por lo que tenía dos opciones, no comprar el abrigo y seguir viendo capítulos de The Good Wife como una loca, o comprarme ese precioso abrigo de leopardo que me estaba esperando en Asos (en serio, ¿qué haría sin esta tienda?) y disfrutar de la mirada de Bill Pullman. Soy débil ante las tentaciones y bastante tengo con seguir la dieta de June estrictamente por lo que... click, click y a disfrutar.
Qué disfrutéis de estos deliciosos tres domingos y de sus desayunos. Mi viernes noche no podría empezar mejor.
¡Besos!
jueves, 4 de diciembre de 2014
Con las tuercas apretadas
El lunes pasado tenía cita en Centro Karmele. Llegué después de un fin de semana tontorrón de hibernar mucho y de marcarme una de esas maratones peliculeras que hacen historia: Dirty Dancing, El diario de Bridget Jones, El diario de Noa y Que le gusten lo perros... ni más ni menos. Tenía en cuerpo con ganas de marcha y le dije a June (enfermera/nutricionista de Centro Karmele) que me apretara las tuercas. De esos días que el cuerpo te pide emociones fuertes y lo de pasar hambre de repente no te parece tan malo.
Entre las Navidades pasadas y el verano di un bajón majo de peso gracias a los cuidados de Centro Karmele (las menciono tanto porque sin ellas no habría hecho ni la mitad), pero desde el verano que nos propusimos mantener el peso para no pasar medio amargada los meses de sol, me había acomodado en esa inercia y no cogía carrerilla de nuevo. Por una parte muy guay porque las que habéis hecho alguna vez alguna dieta sabréis que lo de mantenerse luego suele ser casi más difícil que el adelgazamiento en sí, pero lo cierto es que tener a June y cía pendiente de mí es un lujo demasiado grande como para quedarme a mitad de camino.
Por lo que aquí llevo, media semana con las tuercas apretadas y muy contenta por hacer lo que conviene hacer. No pienso que haya estado perdiendo el tiempo hasta ahora, una tiene sus épocas y no siempre la cabeza está donde tiene que estar. Por ahora me propuesto llegar a Santo Tomás con una rectitud ejemplar, no sé comeré chistorra ese día pero alcohol bebo seguro. 21 días, como en el famoso programa de TV, dicen que son los necesarios para crear un hábito nuevo. ¿Se puede considerar hábito el pasar hambre? Cualquiera que me oiga con todo lo que como a lo largo del día. Además, con las Navidades a la vuelta de la esquina, con todos los turrones prematuros en los supermercados mientras yo no hago más que comprar zanahorias, manzanas y limones (es mi nuevo zumo mañanero), el reto se vuelve mucho más emocionante.
Como siempre se dice, en esto de las dietas o estás, o no estas. Yo ahora estoy. Así que a aprovechar.
¡Bessos!
Entre las Navidades pasadas y el verano di un bajón majo de peso gracias a los cuidados de Centro Karmele (las menciono tanto porque sin ellas no habría hecho ni la mitad), pero desde el verano que nos propusimos mantener el peso para no pasar medio amargada los meses de sol, me había acomodado en esa inercia y no cogía carrerilla de nuevo. Por una parte muy guay porque las que habéis hecho alguna vez alguna dieta sabréis que lo de mantenerse luego suele ser casi más difícil que el adelgazamiento en sí, pero lo cierto es que tener a June y cía pendiente de mí es un lujo demasiado grande como para quedarme a mitad de camino.
Por lo que aquí llevo, media semana con las tuercas apretadas y muy contenta por hacer lo que conviene hacer. No pienso que haya estado perdiendo el tiempo hasta ahora, una tiene sus épocas y no siempre la cabeza está donde tiene que estar. Por ahora me propuesto llegar a Santo Tomás con una rectitud ejemplar, no sé comeré chistorra ese día pero alcohol bebo seguro. 21 días, como en el famoso programa de TV, dicen que son los necesarios para crear un hábito nuevo. ¿Se puede considerar hábito el pasar hambre? Cualquiera que me oiga con todo lo que como a lo largo del día. Además, con las Navidades a la vuelta de la esquina, con todos los turrones prematuros en los supermercados mientras yo no hago más que comprar zanahorias, manzanas y limones (es mi nuevo zumo mañanero), el reto se vuelve mucho más emocionante.
Como siempre se dice, en esto de las dietas o estás, o no estas. Yo ahora estoy. Así que a aprovechar.
¡Bessos!
sábado, 29 de noviembre de 2014
100 razones por las que vivir
1. Parar a escuchar el ruido de las olas.
2. Las verbenas de pueblo.
3. Aprender de memoria las canciones de Sabina.
4. Estar leyendo a Gavalda y que mencione la canción perfecta en el momento justo. Sobre todo en ese final de La sal de la vida.
5. Escuchar a Maya hablar sobre el vino en Entre Copas.
7. Hacer una maratón de La guerra de las Galaxias. O de El seños de los anillos. O de X-Men.
8. Tener un flechazo con el perfume de tu vida.
9. Michael Fassbender.
10. Ver un atardecer tumbada en una hamaca. De hecho, ver un atardecer.
11. Escuchar a una pianista tocar en directo Love Theme de Cinema Paradiso. O escucharlo en cualquier momento en casa.
12. Asistir a un club de lectura.
13. Darte el caprichazo de comprar algo caro. Muy caro. Pero muy bonito y muy deseado.
14. Cada escena de Friends.
15. El olor de la mimosa cuando florece antes que ninguna.
16. Estar en un concierto y enamorarte de una canción que no habías escuchado nunca.
17. Hola, me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate para morir.
19. Pasar toda la mañana desayunando.
20. Poner AC/DC a todo volumen y volverte loca delante del espejo.
22. Frank Sinatra y Betty Garrett cantando You’re awful.
23. Frank Sinatra cantando cualquier cosa. Sobre todo, Fly me to the moon. Pero The way you look tonight que sea de Tony Bennet.
24. Ir a algún pueblo de la USA profunda para ver luciérnagas voladoras entre maizales.
25. Brown Eyed Girl.
27. Las Gilmore.
29. El olor del viento del norte cuando sopla por el Cantábrico.
30. El beso de Drive en el ascensor.
32. Las tormentas de verano.
33. Un gol en el último minuto que sirva para conseguir una victoria improbable.
34. Los murciélagos que aparecen en la ventana del Drácula de 1931.
35. Encender una vela que huela bien y pasar la tarde leyendo bajo una manta. O dos.
36. El final de Vacaciones en Roma y el inicio de Desayuno con Diamantes.
37. El saludo de un perro que te conoce.
38. El salmón del Atari, las anchoas del Txepetxa, la brocheta de gambas del Goiz Argi y el risotto del Borda Berri.
39. Hacer festivo un día cualquiera.
40. Canciones de amor a quemarropa de Nickolas Butler. Sí, sigo con eso.
41. Restregarle a alguien tu optimismo por la cara.
42. Nina Simone echándole narices y versionando My Way.
43. Tú rincón en el mundo.
44. No Pirlo, no party.
45. Ganar una partida de mus reñida.
46. Los diálogos de Historias de Filadelfia.
47. Descubrir que las lentejas en ensalada con aguacate están deliciosas.
48. El principio de Amor en los tiempos del cólera. En realidad, todo el libro.
49. Ir a freír un huevo y que tenga dos yemas.
50. Disfrazarte en Carnaval.
51. La parte contratante de la primera parte.
52. El pueblo pardo de El bosque animado.
53. Calentarte a la orilla de una chimenea.
54. Nobody puts baby in a corner.
55. El optimismo escondido de Jane Eyre.
56. Ir a una boda con un tocado más grande que tu cabeza.
57. Saciar las ansias de chocolate.
58. El secreto de sus ojos.
59. El buen café. El malo se puede utilizar para regar las plantas.
60. Palomitas recién hechas.
61. Pixar.
62. Y Disney.
63. Atreverte a tocar un bicho-bola.
64. Jack Lemmon y Shirley MacLaine en El Apartamento.
65. Creer en el amor a primera risa.
66. El rojo perfecto en los labios.
67. Dragoi Bola, así, en euskera.
68. Estar a la sombra cuando el sol aprieta.
69. Expiación de Ian McEwan.
70. Cortarte la coleta. Tú misma.
71. La Habanera de Carmen. Y la de Xabier Lete.
72. La condesa viuda de Grantham.
73. Echar la siesta con Roy Orbison de fondo.
74. Llenar la casa de plantas.
75. Rust Cohle.
76. Domingos de película y manta.
77. La luna.
78. Meryl Streep cantando The winner takes it all.
79. Bailar con tus amigas una canción con la misma coreografía que lleváis bailando más de diez años.
80. Poder ser la oveja negra de un rebaño ajeno.
81. Encontrar a tu media langosta.
82. Cada una de las fotos que quedaron de Steve McQueen.
83. Supercalifragilisticoespialidoso.
84. La primera noche con sábanas limpias.
85. You can’t buy happiness but you can buy books and that’s kind of the same thing. (No puedes comprar la felicidad pero puedes comprar libros que viene a ser un poco lo mismo.)
86. Seguir buscando las botas con brillantina perfectas.
87. Estar en la playa a las diez de la mañana. O a las ocho de la noche.
88. Ponerte una falta de tul.
89. Lo que fue capaz de escribir Irène Némirovsky en un cuaderno con letra minúscula antes de que la llevaran a Auswitch y que publicaron en 2004.
90. Hibernar.
91. Al Pacino en Esencia de Mujer.
92. Escuchar Leonard Cohen cuando llueve.
93. Hacer muchos kilómetros para visitar a un amigo. O no tener que hacer ninguno.
94. Emocionarte con La casa de las dagas voladoras.
95. El tacto de un buen bolso de cuero.
96. La casa de Asterión de Borges.
97. Ver las mismas películas cada Navidad: Mientras Dormías, El diario de Bridget Jones, La joya de la Corona, Love Actually y Solo en Casa.
98. El novio de la madre de Bridget Jones.
99. Vivir unos días en una casa de madera encima de un árbol.
100. Susurros al oído.
P.D.: Este post está inspirado en aquellos que se escribieron en Jot Down bajo un título parecido, en el post que escribió Marta sobre '50 cosas que le gustan' en su blog In fashion with you, y por supuesto, es esa maravillosa canción de Sabina llamada Más de cien mentiras.
Etiquetas:
cine,
compras,
hombres,
literatura,
living,
musica,
pensamientos,
series,
viajes
lunes, 24 de noviembre de 2014
Apuntes de Madrid
Vuelvo de mi periplo de cinco días en Madrid y todavía no sé dónde tengo la cabeza, una no suele saber por dónde empezar a normalizar las cosas. Cada vez que voy me parece que viajo a un universo paralelo, ajeno a todo mi mundo pero lleno de personas que quiero en la distancia. Parece mentira los lazos se crean en este 2.0 y se estrechan con algunas cuantas miradas cómplices al año.
Con la ciudad sigo teniendo ese sentimiento de amor/odio. Cuando estoy lejos la echo de menos, pero una vez allí no la aguanto por mucho tiempo. Cada vez que voy me siento más Heidi, echando de menos mis montañas, con una extraña sensación de saber que aunque viviera cien años allí, nunca terminaría de encajar. Me gusta ir sabiendo que tengo un sitio al que volver.
Pero su gente, ay, su gente es otra cosa. Bueno, su gente no, mi gente. Esas personas son las que hacen que me dé pena no estar más cerca, para poder llamarlas y que cualquier domingo fuera igual que el de ayer. Y lo mismo que domingo digo sábado, viernes o jueves, cada día ha tenido sus personas especiales, sus conversaciones añoradas y sus risas que ya echo de menos. Porque lo cierto es que visitar los sitios sin su gente es como bailar de lejos, los paisajes son mucho más bonitos si se intuyen sonrisas.
Me quedo con la magia cotidiana de esos encuentros. Hay tanta gente que veo más a menudo a la que me siento menos unida...
Pero también vuelvo con la maleta llena de souvenirs materiales. Con la idea reafirmada de no comprar por comprar sino por amor del bueno. Una vez un amigo me dijo que parecía de fácil enamorar y el estado en el que ha vuelto mi tarjeta de crédito podría darle la razón, aunque yo sé que en el fondo soy dura de pelar. Los astros se debieron de alinear para día tras día poner en mi camino el abrigo buscado, las cremas perfectas, una fragancia capaz de enamorarme como hacía años que no me pasaba y uno de los bolsos más bonitos del mundo con un 30% de descuento. Si alguien quiere cotillear los nombres propios, se llaman H&M, Kiehl's, Profumum Roma y Malababa.
La siguiente vez tengo que acordarme de llevar una maleta más grande para la vuelta, por mucho que mi habilidad de viajar con cuatro cosas esté cada vez más desarrollada.
Por cierto, también encontré aquello que tanta ilusión me hacía encontrar. Como siempre se dice en estos casos, cuando menos me lo esperaba, donde menos me lo esperaba.
Volveré. Prometido.
¡Besos!
P.D.1: El abrigo de Asos no fue lo esperado, o sí. Lo cierto es que se va a ir de vuelta, pero aprovechando su viaje llegó a casa el vestido más bonito del mundo. Y este se queda.
P.D.2: Me pregunto qué tal habrán andado mis chicas del Pirineo en su viaje a Donosti.
Con la ciudad sigo teniendo ese sentimiento de amor/odio. Cuando estoy lejos la echo de menos, pero una vez allí no la aguanto por mucho tiempo. Cada vez que voy me siento más Heidi, echando de menos mis montañas, con una extraña sensación de saber que aunque viviera cien años allí, nunca terminaría de encajar. Me gusta ir sabiendo que tengo un sitio al que volver.
Pero su gente, ay, su gente es otra cosa. Bueno, su gente no, mi gente. Esas personas son las que hacen que me dé pena no estar más cerca, para poder llamarlas y que cualquier domingo fuera igual que el de ayer. Y lo mismo que domingo digo sábado, viernes o jueves, cada día ha tenido sus personas especiales, sus conversaciones añoradas y sus risas que ya echo de menos. Porque lo cierto es que visitar los sitios sin su gente es como bailar de lejos, los paisajes son mucho más bonitos si se intuyen sonrisas.
Me quedo con la magia cotidiana de esos encuentros. Hay tanta gente que veo más a menudo a la que me siento menos unida...
Pero también vuelvo con la maleta llena de souvenirs materiales. Con la idea reafirmada de no comprar por comprar sino por amor del bueno. Una vez un amigo me dijo que parecía de fácil enamorar y el estado en el que ha vuelto mi tarjeta de crédito podría darle la razón, aunque yo sé que en el fondo soy dura de pelar. Los astros se debieron de alinear para día tras día poner en mi camino el abrigo buscado, las cremas perfectas, una fragancia capaz de enamorarme como hacía años que no me pasaba y uno de los bolsos más bonitos del mundo con un 30% de descuento. Si alguien quiere cotillear los nombres propios, se llaman H&M, Kiehl's, Profumum Roma y Malababa.
La siguiente vez tengo que acordarme de llevar una maleta más grande para la vuelta, por mucho que mi habilidad de viajar con cuatro cosas esté cada vez más desarrollada.
Por cierto, también encontré aquello que tanta ilusión me hacía encontrar. Como siempre se dice en estos casos, cuando menos me lo esperaba, donde menos me lo esperaba.
Volveré. Prometido.
¡Besos!
P.D.1: El abrigo de Asos no fue lo esperado, o sí. Lo cierto es que se va a ir de vuelta, pero aprovechando su viaje llegó a casa el vestido más bonito del mundo. Y este se queda.
P.D.2: Me pregunto qué tal habrán andado mis chicas del Pirineo en su viaje a Donosti.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Las tías de Zugarramurdi
Ayer la tarde fue para volver a ver Beautiful Girls. Le tenía ganas desde que terminé de leer Canciones de amor a quemarropa, ese libro que aún no me quito de la cabeza, pensando en cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que encuentre otra lectura que me haga sentir tanto.
Supongo que me gustó hasta ese punto porque era justo el momento para leer algo así, esas historias que parecen tan nuestras. A mis casi treinta, siento como si ya hubiera tomado toda la carrerilla posible y ahora ya estuviera corriendo sin oportunidad de detenerme para dar el salto final hacia la madurez, a eso de hacerme mayor y ser un adulto.
El otro día me encontré la primera cana. Y lo cierto es que siempre pensé que sería un momento algo más dramático, que sería mucho más rollo ver cómo me van saliendo pequeñas arrugas alrededor de los ojos, pero al final tampoco está siendo para tanto. La cana la recibí con cierta ternura, como la certeza que necesitaba para saber que mis días de jovenzuela ya quedaron atrás y me diera un cierto estatus de sabiduría. Siempre me han gustado las imperfecciones que hacen algo único aunque con las mías me haya costado algo más encariñarme. Nunca fue tan agradecido mirar al pasado con nostalgia.
La de ayer no fue la primera vez que veía Beautiful Girls, ni tampoco será la última. Pero puede que fuera la más especial porque justo tengo la misma edad que los protagonistas y eso no creo que vaya a durar mucho. Puede que por eso lo que hablaban significaba más que otras veces, que me pareciera tan oído y tan reconfortante a la vez. La misma sensación que tuve en cada página de Canciones de amor a quemarropa. Nosotras también tenemos tantas Sweet Caroline y American Pie...
En esta época que parece que nuestros sábados a la noche pasaron a mejor vida, nuestra mayor preocupación ya no es dónde vamos a cenar antes de salir sino dónde quedaremos para desayunar y aprovechar bien el día. No sé cuándo pasamos de Marty a ser Andara, será parte del camino a recorrer al igual que el whisky en vaso pequeño para las ocasiones especiales. Ahora nuestros sábados son diurnos, con cochecito y cafés, y por mucho que de vez en cuando apetezca desmadrarse todavía, éstos también son sorprendentemente entretenidos. Y esos desmadres cada vez más distanciados en el tiempo, suelen ser más disfrutados porque o bien son totalmente inesperados, o bien se preparan con mucha premeditación y alevosía. La verdad que la inercia poco tenía de emocionante y nunca disfrutábamos de los periódicos del domingo escuchando a Van Morrison.
Ahora somos tías, paseamos con orgullo el cochecito por la Kontxa entre cuatro o cinco, y pronto hasta entre seis. La sesión de peli, sofá y manta, conlleva lactancia, aires, cambio de pañales y litros de babas que se nos caen a todas. Menos mal que la madre se pone firme porque entre las demás pronto lo malcriaríamos. No el vano, el otro día el padre de la criatura le preguntaba a su retoño si se iba a ir a pasar el día con sus tías, las brujas de Zugarramurdi, y nosotras encantadas con el poder concedido. Que nadie se atreva a quitarnos el título.
Brujería, madurez, poder y cánticos medio sagrados. Ahora me dan cierta pena todas esas Martys que se creen que lo bueno llega a los dieciocho. Aunque lo cierto es que pasarán esos años encantadas con el reflejo de Platón y cuando llegue lo bueno les pillará como la misma sorpresa agradable que nos ha pillado a nosotras.
Benditas canas.
¡Besos!
P.D.: Este monólogo de Rosie O'Donell vale oro. (Sólo lo he encontrado en inglés)
Supongo que me gustó hasta ese punto porque era justo el momento para leer algo así, esas historias que parecen tan nuestras. A mis casi treinta, siento como si ya hubiera tomado toda la carrerilla posible y ahora ya estuviera corriendo sin oportunidad de detenerme para dar el salto final hacia la madurez, a eso de hacerme mayor y ser un adulto.
El otro día me encontré la primera cana. Y lo cierto es que siempre pensé que sería un momento algo más dramático, que sería mucho más rollo ver cómo me van saliendo pequeñas arrugas alrededor de los ojos, pero al final tampoco está siendo para tanto. La cana la recibí con cierta ternura, como la certeza que necesitaba para saber que mis días de jovenzuela ya quedaron atrás y me diera un cierto estatus de sabiduría. Siempre me han gustado las imperfecciones que hacen algo único aunque con las mías me haya costado algo más encariñarme. Nunca fue tan agradecido mirar al pasado con nostalgia.
La de ayer no fue la primera vez que veía Beautiful Girls, ni tampoco será la última. Pero puede que fuera la más especial porque justo tengo la misma edad que los protagonistas y eso no creo que vaya a durar mucho. Puede que por eso lo que hablaban significaba más que otras veces, que me pareciera tan oído y tan reconfortante a la vez. La misma sensación que tuve en cada página de Canciones de amor a quemarropa. Nosotras también tenemos tantas Sweet Caroline y American Pie...
En esta época que parece que nuestros sábados a la noche pasaron a mejor vida, nuestra mayor preocupación ya no es dónde vamos a cenar antes de salir sino dónde quedaremos para desayunar y aprovechar bien el día. No sé cuándo pasamos de Marty a ser Andara, será parte del camino a recorrer al igual que el whisky en vaso pequeño para las ocasiones especiales. Ahora nuestros sábados son diurnos, con cochecito y cafés, y por mucho que de vez en cuando apetezca desmadrarse todavía, éstos también son sorprendentemente entretenidos. Y esos desmadres cada vez más distanciados en el tiempo, suelen ser más disfrutados porque o bien son totalmente inesperados, o bien se preparan con mucha premeditación y alevosía. La verdad que la inercia poco tenía de emocionante y nunca disfrutábamos de los periódicos del domingo escuchando a Van Morrison.
Ahora somos tías, paseamos con orgullo el cochecito por la Kontxa entre cuatro o cinco, y pronto hasta entre seis. La sesión de peli, sofá y manta, conlleva lactancia, aires, cambio de pañales y litros de babas que se nos caen a todas. Menos mal que la madre se pone firme porque entre las demás pronto lo malcriaríamos. No el vano, el otro día el padre de la criatura le preguntaba a su retoño si se iba a ir a pasar el día con sus tías, las brujas de Zugarramurdi, y nosotras encantadas con el poder concedido. Que nadie se atreva a quitarnos el título.
Brujería, madurez, poder y cánticos medio sagrados. Ahora me dan cierta pena todas esas Martys que se creen que lo bueno llega a los dieciocho. Aunque lo cierto es que pasarán esos años encantadas con el reflejo de Platón y cuando llegue lo bueno les pillará como la misma sorpresa agradable que nos ha pillado a nosotras.
Benditas canas.
¡Besos!
P.D.: Este monólogo de Rosie O'Donell vale oro. (Sólo lo he encontrado en inglés)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






















